El Defensor Incansable
Primer día de clases
La mañana despuntaba clara y tibia sobre los antiguos pabellones de piedra de la universidad. El aire fresco traía consigo el tenue aroma del césped recién cortado a lo largo de los senderos, mientras la luz dorada del sol naciente dibujaba sombras alargadas de los robles sobre las fachadas majestuosas. Por uno de esos caminos avanzaba Armich con paso sostenido y la cabeza alta, esforzándose por dominar la mezcla de emociones que bullía en su pecho.
Su silueta esbelta resaltaba contra el verdor del campus. Vestía su mejor traje oscuro, modesto pero cuidadosamente planchado, y llevaba un maletín de cuero algo gastado, repleto de libros. Aquel maletín, pesado con el fruto de sus estudios y de sus esperanzas, oscilaba al compás de sus pasos, recordándole en cada avance el largo recorrido que lo había conducido hasta allí.
Frente a la imponente entrada principal, Armich se detuvo un instante y aspiró hondo, llenando sus pulmones de aquel aire matinal cargado de promesas. Sus ojos brillaban de ilusión. No era para menos: había luchado con ferocidad silenciosa para ganarse un lugar en esa prestigiosa facultad de Derecho.
En su memoria desfilaron las largas noches de estudio bajo una lámpara humilde, las renuncias a diversiones que otros jóvenes daban por descontadas y el abrazo orgulloso de sus padres el día en que llegó la carta de admisión. A veces, el cansancio volvía en forma de sombra; esa mañana, en cambio, se sentía como una prueba superada.
Hijo de profesionales de clase media, Armich no provenía de la opulencia, pero llevaba consigo algo más valioso: una determinación férrea, cultivada desde la infancia, de superarse con esfuerzo y honestidad. La alegría que lo embargaba en ese momento era profunda, casi sagrada, al saberse por fin en el umbral de su sueño.
Aun así, entremezclada con el entusiasmo, latía una leve ansiedad. Aquel campus venerable representaba un mundo exigente, un escenario donde tendría que demostrar su valía una y otra vez. En el fondo, Armich sabía que el talento no bastaba: se necesitaba constancia, temple y una pizca de suerte.
“Aquí comienza todo; lo que he soñado durante tanto tiempo al fin va a suceder”, pensó, conteniendo la sonrisa que pugnaba por asomarse a sus labios.
La entrada principal
Unos gritos apagados lo arrancaron de sus pensamientos cuando reanudaba la marcha. A pocos metros, hacia la derecha, un pequeño grupo de estudiantes se había congregado alrededor de una escena inusual. Una joven discutía en voz alta con el guardia de seguridad de la puerta.
La estampa era desigual: ella se erguía con ademán desafiante, mientras el vigilante, un hombre maduro de uniforme azul desvaído, mantenía una actitud humilde y nerviosa, intentando calmarla. Armich notó que el guardia hablaba con cuidado, como si cada palabra pudiera empeorar la situación.
La altivez de la muchacha era evidente en cada gesto. Alzaba el mentón con aire desdeñoso y sus ojos claros despedían un brillo helado. Era innegablemente hermosa, con el cabello rubio cuidadosamente arreglado y un atuendo de alta costura que delataba su origen acomodado.
Armich aún no conocía su nombre; más tarde sabría que se llamaba Sofía. Por ahora, bastaba observarla para intuir que estaba acostumbrada a que el mundo se doblegara a su voluntad. El bullicio alrededor crecía, pero nadie parecía dispuesto a intervenir.
“Le digo que tengo prisa. Déjeme pasar de una vez”, exigía la joven con voz cortante. El guardia sostenía su credencial universitaria y trataba de explicarse con tono conciliador: “Señorita, son las normas del campus. Todos deben mostrar identificación al ingresar”.
“¿Qué importa la maldita identificación?”, lo interrumpió ella con impaciencia. “¿No sabe acaso quién soy yo?”. La frase quedó suspendida en el aire. Algunos estudiantes intercambiaron miradas incómodas; otros fingieron mirar a otro lado.
Armich frunció el ceño al notar el rubor de humillación que teñía el rostro del guardián. Nadie intervenía. El silencio cómplice lo irritó profundamente. Le recordó, sin querer, los momentos en los que la gente calla para no buscarse problemas.
Sintió cómo la indignación le subía por el pecho y, tras un breve instante de duda, dio un paso adelante. No gritó. No quiso sumar violencia a la escena. Con voz serena pero firme, se dirigió a la joven: “Discúlpame, pero él solo está cumpliendo con su deber. Todos merecen respeto, sin importar su cargo”.
Sofía giró la cabeza con brusquedad. Sus ojos recorrieron el traje sencillo de Armich, el maletín gastado, los zapatos pulcros pero modestos. Una sonrisa despectiva se dibujó en sus labios. “¿Y tú quién eres para decirme lo que debo hacer?”.
Armich sostuvo su mirada sin titubear. “Me llamo Armich. Soy estudiante de Derecho, igual que tú. Y el respeto no depende de quién seas”. Al decirlo, sintió el peso de la atención sobre sus hombros, como si el campus entero estuviera midiendo su estatura moral.
Por un instante, pareció que Sofía estallaría. Sin embargo, los murmullos crecientes y las miradas reprobatorias la obligaron a contenerse. Con un gesto brusco, arrebató la credencial al guardia y lanzó una última mirada encendida hacia Armich antes de marcharse, erguida y furiosa.
El grupo comenzó a dispersarse. Armich permaneció inmóvil unos segundos, dejando que la adrenalina se disipara. Se preguntó si había sido imprudente, si aquel acto de integridad le traería consecuencias. Aun así, supo que no podía arrepentirse.
Recogió su maletín y dedicó al guardia una mirada amable. El hombre respondió con una sonrisa tímida y agradecida, breve pero suficiente. Armich, sin decir nada más, siguió su camino y se adentró en el edificio.
El aula
El corredor principal hervía de actividad. Las conversaciones se apagaban a su paso y algunas miradas curiosas se volvían hacia él. Sin buscarlo, se había convertido en tema de comentarios. Armich no sabía si aquello lo beneficiaría o lo pondría en la mira de personas equivocadas.
Aceleró el paso hasta llegar al aula de Introducción al Derecho. El salón era amplio y luminoso. Se sentó en las filas traseras, respiró hondo y cerró los ojos un instante, como quien se ajusta por dentro antes de empezar una carrera.
Al abrirlos, su corazón dio un brinco. En la esquina opuesta del aula, distinguió la inconfundible melena rubia de Sofía. Ella estaba allí, erguida, concentrada, como si el altercado no hubiese ocurrido. Armich apartó la mirada, decidido a concentrarse.
Minutos después, el profesor ingresó al aula. Tras una breve presentación, comenzó la clase. “Hoy analizaremos un caso que plantea profundas cuestiones éticas y jurídicas. El caso de Nanon Williams, un joven condenado a muerte siendo menor de edad”.
Las palabras resonaron con fuerza en Armich. Abrió su cuaderno y comenzó a escribir con avidez. Las preguntas se acumulaban en su mente: la justicia, la evidencia, la irreversibilidad de la pena. Para él, no era solo un ejercicio académico.
En el otro extremo del aula, Sofía escuchaba con la misma intensidad. Su rostro reflejaba una concentración apasionada que sorprendió a Armich. Por primera vez, vio en ella algo más que soberbia: vio inteligencia, compromiso, ambición.
“Quizá no seamos tan diferentes”, pensó fugazmente.
Pero enseguida comprendió que esa similitud los convertiría en rivales. Ambos querían destacar. Ambos estaban dispuestos a luchar por sus convicciones. Lo ocurrido en la entrada no había sido un episodio aislado, sino el primer choque de una rivalidad destinada a crecer.
Aquel primer día había trazado ya el contorno de sus destinos entrelazados. Sin saberlo, Armich y Sofía habían encendido una chispa que marcaría sus caminos. El tiempo decidiría si esa chispa se transformaría en fuego o en luz.
Desde ese instante, ardía con fuerza, anunciando el inicio de una historia que los cambiaría para siempre. Y aunque Armich no lo admitiera todavía, la presencia de Sofía ya se había instalado como un desafío personal, incómodo, inevitable.
Preguntas para reflexión
- ¿Qué acciones puedes tomar para evitar la discriminación en el campus universitario?
- ¿Cómo se refleja la discriminación en el encuentro entre Armich y Sofía en la entrada de la universidad?
- ¿Qué lección moral y ética se puede extraer del comportamiento de Armich al enfrentar a Sofía y defender al portero de la universidad?
- ¿Por qué es importante respetar a todas las personas, incluyendo a los miembros del personal de la universidad?
- ¿Cómo se podría fomentar un ambiente de respeto y tolerancia en el campus universitario para prevenir futuros conflictos entre estudiantes?

