Capítulo 19 — El mal menor

El Defensor Incansable · Capítulo XIX

El mal menor

Cuando elegir entre dos daños parece inevitable, la verdadera justicia empieza buscando una tercera opción.

Michael Lincold Trujillo Pajuelo 07 de junio de 2026 Lectura estimada: 15 min
“No había una opción limpia. Solo daños. Y elegir entre daños era una de las formas más tristes de injusticia.”

Armich despertó con una frase clavada en la cabeza.

“Yo me llamo Daniel”.

El testigo del restaurante ya no era solo una pieza dentro del caso de Luis Angelo. Ya no era “el cliente”, “el estudiante”, “el que tiene el video”. Tenía nombre. Tenía miedo. Tenía un abuelo vulnerable y una razón dolorosa para callar.

Víctor Meza.

Daniel.

Dos nombres.

Dos vidas atadas por una amenaza.

La noche anterior, Armich había intentado ordenar los hechos en una hoja, como si ponerlos en columnas pudiera volverlos menos crueles. De un lado escribió: entregar el video completo. Del otro: proteger al abuelo. Debajo de cada opción aparecían consecuencias. Si Daniel entregaba el archivo, Luis podía defenderse mejor. Pero si la amenaza era real, Víctor Meza podía verse afectado en su reclamo previsional. Si Daniel callaba, su abuelo quizá estaría a salvo, pero Luis seguiría atrapado en una historia cortada desde el final.

No había una opción limpia.

Solo daños.

Y elegir entre daños, pensó Armich, era una de las formas más tristes de injusticia.

El día amaneció con un cielo plomizo sobre el campus. Las nubes parecían bajas, aplastadas contra los edificios, como si la ciudad también cargara algo. Armich llegó temprano al aula magna de Ciencias Políticas, todavía atravesado por la discusión jurídica de la víspera.

Si en Derecho de las Personas habían hablado del peso de un nombre, ahora la pregunta era otra y más áspera: qué dignidad le queda a una comunidad cuando se acostumbra a elegir con resignación.

La clase magistral estaba a cargo de la Dra. María Melgar, politóloga conocida por su lucidez y por la severidad con que desarmaba lugares comunes. Entró con paso firme, dejó el portafolio sobre el escritorio y escribió tres palabras en la pizarra:

Pizarra

Representación. Legitimidad. Responsabilidad.

No ofreció preámbulos.

Miró al auditorio y fue directa.

“Estamos entrando a un nuevo ciclo electoral. Antes de hablar de candidatos, hablemos de sistema. ¿Qué produce buenos liderazgos? ¿Y qué produce mediocridad premiada?”.

Un murmullo recorrió la sala.

Sofía abrió su cuaderno.

Cristian, sin mirar a nadie, activó la grabadora de notas en el celular.

Armich cruzó los brazos.

La doctora explicó que, en teoría, la democracia representativa funciona como una cadena de confianza: el ciudadano delega, el partido selecciona, el Estado ejecuta y luego rinde cuentas. Pero cuando los partidos renuncian a filtrar con criterios serios, la cadena se contamina desde el origen.

“No basta con votar. Importa entre quiénes se vota”.

Luego soltó la primera provocación:

“¿Cuántos aquí creen que, en nuestro entorno político, elegimos de verdad entre los mejores?”.

Nadie levantó la mano.

Algunos sonrieron con incomodidad.

Otros bajaron la mirada.

Armich respiró hondo.

Esta vez no pensaba callar.

Se puso de pie.

Dijo que estaba cansado de escuchar que había que elegir el mal menor. Que esa frase se había vuelto una costumbre, casi una coartada. Preguntó por qué un pueblo debía resignarse a escoger entre opciones deficientes como si la democracia fuera solo administración de decepciones.

La sala se aquietó.

La Dra. Melgar giró hacia él con interés genuino.

“Continúa, Armich”.

Armich no bajó la voz.

Dijo que el problema no empezaba en el voto, sino en los partidos. Si las organizaciones políticas aplicaran filtros reales, éticos, técnicos y democráticos, el ciudadano no tendría que elegir entre males. Podría elegir entre opciones distintas, sí, pero con un estándar mínimo de calidad. El problema era que muchas veces se priorizaba al más mediático, al que financiaba mejor, al que arrastraba votos inmediatos o al que garantizaba una cuota de poder. No había selección. Había cálculo.

Sofía lo miró de reojo.

Cristian asintió apenas.

La Dra. Melgar no lo interrumpió.

Juntó las manos y sonrió por primera vez en la mañana.

Diagnóstico de la Dra. Melgar

Crítica estructural a la selección política: incentivos perversos, déficit de democracia interna y captura partidaria por recursos, fama o conveniencia de corto plazo.

Armich continuó.

Dijo que el pueblo debía castigar a los partidos, no solo a los candidatos. Si una organización presentaba listas pobres, debía pagar costo electoral. Si improvisaba cuadros, debía perder respaldo. Si vendía puestos o reciclaba figuras sin idoneidad, debía ser rechazada en las urnas.

La frase quedó suspendida en el aula.

La doctora escribió una palabra en la pizarra:

Pizarra

Responsabilidad partidaria.

Juan Robles, sentado unas filas atrás, levantó la mano.

Dijo que estaba de acuerdo en parte, pero advirtió un riesgo: convertir los filtros en elitismo. Preguntó quién definiría qué era moralmente aceptable, qué formación era suficiente o qué experiencia merecía representación. Un título no garantizaba integridad, dijo. Y la ausencia de título no siempre significaba incapacidad.

Armich asintió.

No retrocedió.

Aclaró que no hablaba de elitismo. Hablaba de mínimos verificables: transparencia patrimonial, ausencia de sanciones graves, trayectoria pública coherente, formación básica en gestión del Estado, capacidad de debate serio y compromiso con reglas democráticas. No era pedir perfección. Era evitar la improvisación crónica.

Cristian intervino con su tono pragmático.

Dijo que los partidos competían por sobrevivir elección tras elección. En ese contexto, priorizaban “jales” conocidos, aunque fueran frágiles técnicamente. Era selección de corto plazo: ganaban hoy, debilitaban el sistema mañana.

La Dra. Melgar escribió otra expresión:

Pizarra

Selección adversa.

Explicó que, cuando las reglas informales premian notoriedad sobre competencia, el sistema expulsa perfiles sólidos y absorbe perfiles rentables. El resultado eran gobiernos inestables, legislativos fragmentados y ciudadanía frustrada.

Ana Velasco añadió que también había responsabilidad ciudadana. La gente se quejaba de los candidatos, pero muchas veces votaba sin revisar hojas de vida, antecedentes, planes ni equipos. El mal menor también se alimentaba de pereza cívica.

Sofía habló después.

Lo hizo con una calma inusual.

Dijo que había un componente emocional. La gente votaba con miedo: miedo a que ganara el otro, miedo al pasado, miedo a perder lo poco que tenía, miedo a quedarse sin protección. Cuando la política se basaba en miedo, la exigencia bajaba y el estándar se derrumbaba.

La doctora la miró con respeto.

“Eso se llama voto defensivo. Y explica por qué una democracia puede degradarse incluso sin romperse formalmente”.

Armich anotó la frase.

Voto defensivo.

Elección bajo miedo.

Daniel también estaba haciendo eso.

No en una urna, sino en su vida.

Elegir callar para proteger a su abuelo. Elegir entregar el video para ayudar a Luis. Elegir entre males porque alguien lo había colocado contra una pared.

La clase entró en su tramo más intenso.

La Dra. Melgar propuso un ejercicio: imaginar un partido que realmente quisiera formar cuadros y no solo fabricar candidaturas.

“¿Qué filtros pondrían?”, preguntó.

Las manos se levantaron una tras otra.

Pedro propuso una evaluación ética independiente, con comités no controlados por la dirigencia.

María sugirió escuelas obligatorias de formación política y gestión pública antes de postular.

Juan pidió primarias internas auditables y trazabilidad del financiamiento.

Ana insistió en debates públicos obligatorios para candidaturas clave.

Cristian añadió indicadores de desempeño para quienes buscaran reelección.

Sofía propuso mecanismos de exclusión frente a violencia, corrupción o falsedad grave en hojas de vida.

Armich tomó la palabra otra vez.

Dijo que agregaría algo: si el partido incumplía sus propios estándares, debía pagar costo reputacional y electoral. Sin consecuencias, toda regla se volvía decoración.

La Dra. Melgar asintió.

“No solo hay que controlar al gobernante. También al partido que lo puso en la boleta”.

Luego caminó entre los asientos y ajustó el enfoque.

Dijo que castigar en democracia no era solo votar contra alguien. También era construir alternativas: afiliarse, fiscalizar, participar en elecciones internas, exigir rendición de cuentas, sostener memoria política y no dejar que cada escándalo se disolviera en el siguiente.

Armich sintió el golpe de la frase.

Era más fácil indignarse que organizarse.

Más fácil señalar el mal menor que construir opciones mejores.

Sofía se inclinó hacia él y murmuró que tal vez la democracia no se degradaba solo porque existieran malos políticos, sino porque demasiados ciudadanos se acostumbraban a esperar poco.

Armich asintió.

La Dra. Melgar cerró esa parte con una advertencia:

“Muchos creen que el mal menor es realismo. A veces lo es, en coyunturas extremas. Pero cuando se vuelve cultura permanente, deja de ser realismo y se convierte en renuncia cívica. La democracia no puede funcionar como una sala de urgencias permanente. Tiene que aprender a prevenir, no solo a sobrevivir”.

La frase se quedó flotando.

La democracia como sala de urgencias.

Armich pensó en el Derecho como otra sala de urgencias.

Llegaba después del golpe.

Después del disparo.

Después del video editado.

Después de la amenaza.

Después de que un anciano contara monedas.

Después de que un testigo sintiera que decir la verdad podía destruir a su familia.

Antes de terminar, la doctora dejó una tarea: diseñar un modelo de integridad partidaria con criterios de selección, mecanismos de control y formas de sanción ciudadana frente a partidos deficientes. También debían explicar cómo castigar políticamente sin caer en abstención pasiva y qué reformas harían viable una oferta electoral de mayor calidad en cinco años.

Cerró el cuaderno.

Luego dijo, casi en voz baja:

“En política, lo que no se exige, se deteriora”.

El timbre sonó.

La clase había terminado, pero nadie se levantó de inmediato.

Al salir, el pasillo estaba lleno de conversaciones cruzadas: primarias, financiamiento, reformas, desencanto, posibilidad.

Armich, Sofía y Cristian caminaron juntos hacia la explanada.

Cristian fue el primero en hablar.

Dijo que Armich no había discutido contra un candidato, sino contra una costumbre.

Sofía añadió que tal vez castigar en democracia también significaba madurar: dejar de aplaudir improvisaciones solo porque parecen útiles por un momento.

Armich observó el movimiento del campus.

Pensó en todo lo dicho, pero sobre todo en lo que faltaba hacer.

A veces la política parecía una maquinaria tan grande que cualquier ciudadano se sentía insignificante. Quizá la verdadera trampa del mal menor no era elegir mal. Era creer que no había nada más que hacer después de elegir.

Entonces su celular vibró.

Era Daniel.

Mensaje de Daniel

“Estoy cansado de elegir entre males. Si entrego el video, mi abuelo paga. Si no lo entrego, Luis paga. Díganme cuál es el mal menor”.

Armich se detuvo.

Sofía leyó el mensaje por encima de su hombro.

Cristian dejó de caminar.

La clase de la Dra. Melgar acababa de salir del aula y entrar en sus vidas.

Armich escribió una respuesta.

La borró.

Volvió a escribir.

La borró otra vez.

No podía responder con una frase fácil.

Porque Daniel tenía razón: el sistema lo había empujado a elegir entre daños.

Finalmente, Armich guardó el celular sin enviar nada todavía.

Miró a Sofía y Cristian.

“Primero tenemos que encontrar una tercera opción”.

Cristian frunció el ceño.

“¿Y si no existe?”.

Armich miró el cielo plomizo sobre el campus.

“Entonces tendremos que construirla”.

Sofía respiró hondo.

Por primera vez en mucho tiempo, no sonrió.

Solo asintió.

La política hablaba de partidos, votos y representación.

Pero ese día, para ellos, el mal menor tenía rostro.

Se llamaba Daniel.

Tenía un abuelo llamado Víctor Meza.

Y estaba esperando que alguien le demostrara que la justicia no siempre obliga a sacrificar a uno para salvar a otro.

Las palabras ya salieron del aula

Continúa con el siguiente capítulo y acompaña a Armich cuando una idea dicha en clase empieza a circular fuera de su control y revela que las palabras también tienen consecuencias.

Leer el Capítulo XX

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