El mal menor
El Defensor Incansable — Capítulo XIX
El día amaneció con un cielo plomizo sobre el campus. Armich llegó temprano al aula magna de Ciencias Políticas, todavía atravesado por la discusión jurídica de la víspera. Si en Derecho de las Personas habían hablado de la dignidad íntima que puede esconderse detrás de un nombre, ahora la pregunta era otra y más áspera: qué dignidad le queda a un país cuando su ciudadanía termina eligiendo con resignación.
La clase magistral estaba a cargo de la Dra. María Melgar, politóloga conocida por su lucidez y por la severidad con que desarmaba lugares comunes. Entró con paso firme, dejó el portafolio sobre el escritorio y escribió tres palabras en la pizarra: “Representación. Legitimidad. Responsabilidad”. No ofreció preámbulos. Miró al auditorio y fue directa.
“Estamos entrando a un nuevo ciclo electoral. Antes de hablar de candidatos, hablemos de sistema. ¿Qué produce buenos liderazgos? ¿Y qué produce mediocridad premiada?”
Un murmullo recorrió la sala. Sofía abrió su cuaderno. Cristian, sin mirar a nadie, activó la grabadora de notas en el celular. Armich cruzó los brazos. La doctora explicó que, en teoría, la democracia representativa funciona como una cadena de confianza: el ciudadano delega, el partido selecciona, el Estado ejecuta y luego rinde cuentas. Pero cuando el partido renuncia a filtrar con criterios serios, la cadena se contamina desde el origen. “No basta con votar”, dijo. “Importa entre quiénes se vota”.
Luego soltó la primera provocación: “¿Cuántos aquí creen que, en nuestro entorno político, elegimos de verdad a los mejores?”
Nadie levantó la mano. Algunos sonrieron con incomodidad; otros bajaron la mirada. Armich respiró hondo. Esta vez no pensaba callar.
Cuando el “mal menor” se vuelve costumbre
“Doctora, ya estoy cansado de escuchar que hay que elegir ‘el mal menor’”, dijo Armich al ponerse de pie. “Esa frase se volvió una costumbre en el Perú, casi una coartada. ¿Por qué el pueblo debe resignarse a escoger entre opciones deficientes? El problema no empieza en el voto. Empieza en los partidos”.
La sala se aquietó. La Dra. Melgar giró hacia él con interés genuino. “Continúa, Armich”.
“Si los partidos aplicaran filtros reales, morales, académicos y éticos, el ciudadano no elegiría entre males. Elegiría entre los mejores. Y cualquiera que gane, ganaría con un estándar mínimo de calidad. Pero hoy se prioriza al más mediático, al que más financia campaña o al que consigue mejor ubicación en la lista. No hay filtro. Hay cálculo”.
Sofía lo miró de reojo, sorprendida por la nitidez de su tono. Cristian asintió apenas, como quien reconoce una verdad incómoda. La doctora no lo interrumpió. Juntó las manos y sonrió por primera vez en la mañana.
“Acabas de formular una crítica estructural a la selección política: incentivos perversos, déficit de democracia interna y captura partidaria por recursos privados o fama de corto plazo”.
Armich no se sentó. “Y la forma de cambiar eso es que el pueblo castigue a los partidos, no solo a los candidatos. Si un partido presenta listas pobres, se le castiga en las urnas. Si improvisa cuadros, se le castiga. Si vende puestos, se le castiga. Mientras no exista costo político, no habrá reforma”.
La frase quedó suspendida en el aire como campana larga.
Cuando votar deja de ser esperanza
Juan, conocido por su rigor técnico, levantó la mano. “Coincido en parte, pero cuidado con volver ‘filtro’ una forma de elitismo. ¿Quién define qué es moral o qué formación académica es suficiente? Un título no garantiza integridad, y la falta de título no siempre implica incapacidad para representar”.
Armich asintió sin retroceder. “No hablo de elitismo. Hablo de mínimos verificables: transparencia patrimonial, ausencia de sanciones graves, trayectoria pública coherente, formación básica en gestión del Estado y capacidad de debate serio. No es pedir perfección. Es evitar la improvisación crónica”.
Cristian intervino con su tono pragmático. “El problema es que los partidos compiten por sobrevivir cada elección. En ese contexto, priorizan jales conocidos, aunque sean frágiles técnicamente. Es selección de corto plazo: ganan hoy, debilitan el sistema mañana”.
La Dra. Melgar escribió una palabra nueva en la pizarra: “Selección adversa”. “Exacto”, dijo. “Cuando las reglas informales premian notoriedad sobre competencia, el sistema expulsa perfiles sólidos y absorbe perfiles rentables. El resultado son gobiernos inestables, legislativos fragmentados y ciudadanía frustrada”.
Desde la tercera fila, Ana añadió que también había responsabilidad ciudadana. “Nos quejamos de los candidatos, pero muchas veces votamos sin revisar hojas de vida, sentencias, planes ni equipos. El ‘mal menor’ también se alimenta de pereza cívica”.
Sofía, que había guardado silencio, habló con calma inusual. “También hay un componente emocional. La gente vota con miedo: miedo a que gane el otro, miedo al pasado, miedo a perder lo poco que tiene. Cuando la política se basa en miedo, la exigencia baja y el estándar se derrumba”.
La doctora la miró con respeto. “Eso se llama voto defensivo. Y explica por qué una democracia puede degradarse incluso sin romperse formalmente”.
“La democracia no puede ser una sala de urgencias permanente”
La clase entró en su tramo más intenso. Ya no era solo curso; parecía diagnóstico colectivo. La Dra. Melgar propuso un ejercicio: imaginar un partido que realmente quisiera formar cuadros y no solo fabricar candidaturas. “¿Qué filtros pondrían?”
Las manos se levantaron una tras otra. Pedro propuso evaluación ética independiente con comités no controlados por la dirigencia. María sugirió escuelas obligatorias de formación política y gestión pública antes de postular. Juan pidió primarias internas auditables y trazabilidad del financiamiento. Ana insistió en debates públicos obligatorios para candidaturas clave. Cristian añadió indicadores de desempeño para quienes buscan reelección.
Armich tomó la palabra de nuevo. “Y agregaría algo: si el partido incumple sus propios estándares, debe pagar costo reputacional y electoral. Sin consecuencias, toda regla se vuelve decoración”.
“No solo hay que controlar al gobernante. También al partido que lo puso en la boleta”.
La Dra. Melgar asintió, visiblemente impresionada. “Eso es accountability partidaria”. Luego caminó entre los asientos y ajustó el enfoque: “Castigar no es solo votar contra alguien. También es construir alternativas: afiliarse, fiscalizar, participar en elecciones internas, exigir rendición de cuentas y sostener memoria política más allá del escándalo semanal”.
Armich sintió el golpe de la frase. Era más fácil indignarse que organizarse. Sofía lo vio pensativo y susurró: “Tal vez no se trata de dejar de votar con miedo de un día para otro. Tal vez se trata de dejar de vivir políticamente con memoria corta”. Él asintió en silencio.
La doctora cerró con una advertencia que nadie esperaba por su claridad. “Muchos creen que ‘mal menor’ es realismo. A veces lo es, en coyunturas extremas. Pero cuando se vuelve cultura permanente, deja de ser realismo y se convierte en renuncia cívica. La democracia no puede funcionar como una sala de urgencias permanente. Tiene que aprender a prevenir, no solo a sobrevivir”.
El aula como espejo del país
Antes de terminar, dejó tarea para la semana siguiente: diseñar un modelo de integridad partidaria con criterios de selección y mecanismos de control; proponer cómo un ciudadano puede castigar a partidos deficientes sin caer en abstención pasiva; explicar qué reformas harían viable una oferta electoral de mayor calidad en cinco años. Cerró el cuaderno y dijo, casi en voz baja: “En política, lo que no se exige, se deteriora”.
El timbre sonó. La clase había terminado, pero nadie se levantó de inmediato. Al salir, el pasillo estaba lleno de conversaciones cruzadas: primarias, financiamiento, reformas, desencanto, posibilidad. Armich, Sofía y Cristian caminaron juntos hacia la explanada.
“¿Te diste cuenta?”, dijo Cristian. “Hoy no peleaste contra un candidato. Peleaste contra una costumbre”.
Sofía sonrió. “Y por primera vez escuché que castigar en democracia también puede significar madurar”.
Armich observó el movimiento del campus, estudiantes entrando y saliendo como corrientes que nunca se detienen. Pensó en todo lo dicho, pero sobre todo en lo que faltaba hacer. A veces la política parece una maquinaria tan grande que cualquier ciudadano se siente insignificante. Quizá la verdadera trampa del “mal menor” no era elegir mal. Era creer que no había nada más que hacer después de elegir.
Entonces lo entendió con claridad incómoda: si el pueblo exige poco, recibirá poco; si exige excelencia, la política tendrá que aprender a merecerla.
Preguntas para estudiantes
- ¿En qué consiste la diferencia entre responsabilidad del candidato y responsabilidad del partido en una democracia representativa?
- ¿Cómo evitar que los “filtros” de selección partidaria se conviertan en mecanismos de exclusión elitista?
- ¿Qué herramientas concretas tiene la ciudadanía para “castigar” a partidos deficientes sin retirarse del proceso democrático?
- ¿Qué rol cumplen el financiamiento de campaña y la ubicación en listas en la calidad de la representación política?
- ¿La lógica del “mal menor” puede ser legítima en contextos excepcionales sin convertirse en práctica permanente? ¿Cómo distinguir ambos escenarios?
