
El Defensor Incansable
Reflejos de un escándalo
La noche cayó como un manto sobre la ciudad y dejó la habitación de Armich en penumbra. La luna, apenas visible, se colaba por la ventana entreabierta y dibujaba sombras inestables en la pared. Afuera, el murmullo de Lima seguía su curso, indiferente. Pero en él nada estaba en orden. Volvía una y otra vez al restaurante: Luis Angelo, el disparo, el silencio que vino después. El juicio se acercaba como una ola inevitable. Y, en medio de todo, el peso de una vida que había terminado sin pedir permiso.
El amanecer trajo un alivio mínimo, casi un engaño. Los primeros rayos de sol suavizaron la habitación y, por un rato, la rutina lo sostuvo. Saludó a sus padres en la cocina. En sus rostros había preocupación, sí, pero también un orgullo callado. Conocían a su hijo: cuando algo le parecía injusto, no miraba hacia otro lado. Armich intentó concentrarse en lo simple: el sonido de la taza, el vapor, un pan partido a la mitad. No bastó.
Encendió la televisión. Las noticias seguían explotando el caso del día anterior: la legítima defensa, el joven delincuente, la división de la opinión pública. En la pantalla, Luis era héroe y villano en el mismo segmento. Un presentador lo llamaba “padre valiente”; otro, “hombre peligroso”. Los panelistas discutían como si la sangre pudiera reducirse a una encuesta. Armich apagó el volumen. La imagen era suficiente: la sociedad entera miraba, y cada mirada pesaba.
Una universidad que observa
Al llegar a la universidad, algo había cambiado. Los edificios de piedra y el olor a madera vieja, que antes lo tranquilizaban, no lograron disipar la tensión. Apenas cruzó el umbral del aula, sintió los ojos sobre él. Curiosidad, juicio, morbo. Nadie dijo nada al principio, pero el silencio tenía filo.
Sofía fue la primera en hablar. “Armich, ¿por qué siempre te ocurre algo?”, preguntó con una mezcla de curiosidad y sarcasmo. La burla le chispeó en los ojos. Antes de que Armich respondiera, Cristian se adelantó, más serio de lo habitual. “Déjalo en paz, Sofía. No es fácil para él. Ya sabes lo complicado que es el caso”.
Armich asintió, agradecido, aunque cansado de explicarse. “Es una situación compleja”, dijo por fin. “Pero mi mayor preocupación es que la justicia actúe correctamente en el caso de Luis”. El aula quedó quieta, como si esa frase hubiera impuesto una norma. Duró poco: la puerta se abrió de golpe, y todos se giraron.
La Dra. Loarte
La Dra. Tatiana Loarte entró con una presencia que dominó el ambiente. Su cabello oscuro caía en ondas sobre los hombros. Su porte elegante no era vanidad, era costumbre de enfrentar tormentas sin bajar la cabeza. Sus ojos marrones recorrieron el aula con una seriedad que anunciaba un tema difícil.
“Hoy quiero hablar de un caso que ha sacudido a nuestra comunidad médica”, dijo, con una pausa medida. “En el Instituto Nacional de Salud del Niño, en Breña, varios médicos de confianza han traicionado su juramento. Abandonaron a los niños más vulnerables para atender pacientes en clínicas privadas. La negligencia es clara: pusieron el lucro personal por encima del bienestar de quienes más los necesitaban”.
El aula se quedó en silencio. Nadie se movió. La frase “niños más vulnerables” cayó como agua helada. La doctora continuó, y cada detalle parecía tensar el aire.
“Abandonaron a los niños más vulnerables para atender pacientes en clínicas privadas.”
“Piensen en las madres desesperadas”, siguió la Dra. Loarte. “Esperando horas, días, fuera del hospital con la esperanza de que sus hijos reciban el tratamiento. Muchos padecen enfermedades raras. Sus familias hicieron sacrificios enormes para traerlos aquí. Y mientras esperaban, esos médicos estaban en clínicas lujosas”. La indignación empezó a dibujarse en los rostros. Ya no era una clase; era una confrontación directa con la traición institucional.
Sofía levantó la mano. La emoción le nublaba la voz. “Doctora Loarte, ¿cómo es posible que esto haya pasado desapercibido durante tanto tiempo?”. La doctora asintió despacio, como si también cargara esa pregunta desde antes.
“Esa, querida Sofía, es la pregunta que todos debemos hacernos”, respondió. “No es solo un problema de un hospital o de unos médicos. Es un fallo del sistema, y es una responsabilidad que debemos asumir para que se rectifique”.
Cristian intervino, con el ceño fruncido. “Escuché rumores de que un periodista encubierto destapó el escándalo. ¿Es cierto?”. “Así es”, confirmó la doctora. “Un periodista valiente investigó y decidió exponerlo, desafiando a quienes preferían mantenerlo en secreto. Gracias a su trabajo, hoy podemos exigir justicia”. Un murmullo de aprobación recorrió el aula. Para muchos, esa valentía externa resultaba tan incómoda como necesaria.
Una herida cerca
Sofía tragó saliva, como si le costara admitirlo. “Mi primo fue uno de esos niños”, dijo al fin. “Lo derivaron a esa clínica para una intervención urgente, y el médico no estaba. No quiero imaginar las consecuencias si se retrasaba más”. Su voz se quebró apenas. El aula, por primera vez, la miró sin ironía.
La Dra. Loarte se acercó con una expresión empática. “Lamento mucho escuchar eso, Sofía”, dijo con genuina tristeza. “Y es precisamente por eso que debemos luchar por una justicia real. Cambiar este sistema para que ningún niño vuelva a pasar por lo mismo”.
El debate se encendió. Los estudiantes discutían implicancias legales: negligencia, corrupción, responsabilidad, sanciones. Había palabras técnicas, sí, pero debajo latían rabia y miedo. Armich, en cambio, se quedó en silencio. El caso le resonaba de una manera íntima. Instituciones creadas para proteger, convertidas en escenario de traición. Le recordó a Luis y al juicio que se aproximaba. Le recordó, también, una verdad que dolía: el sistema podía fallar por acción y por omisión.
Una pregunta que no se apaga
Al final de la clase, mientras los estudiantes guardaban sus cosas y la Dra. Loarte se preparaba para salir, Armich se acercó. No era curiosidad académica. Era inquietud real. “Dra. Loarte”, dijo, “¿alguna vez cree que podremos reformar un sistema tan corrupto y lleno de negligencia?”.
Ella lo miró con una mezcla de sabiduría y cansancio. “Armich, las instituciones están hechas por personas”, respondió. “Y mientras existan personas con poder, habrá quienes elijan lo incorrecto. Pero también hay quienes luchan por lo justo. El cambio no es fácil. Si renunciamos a esa lucha, no queda esperanza. Es nuestra responsabilidad corregir lo que está mal, incluso cuando el sistema parece más fuerte que nosotros”.
“Si renunciamos a esa lucha, entonces no queda esperanza.”
Esas palabras se le quedaron pegadas a Armich como una promesa y una carga. Comprendió que la pelea no era solo por Luis. Era por cada espacio donde la justicia debía imponerse sobre el abuso, el descuido o el cinismo. La verdad tenía que salir, incluso en los lugares más oscuros, incluso cuando incomodaba a los que mandaban.
La batalla apenas comenzaba. Y Armich, aunque cansado, decidió no dejarse vencer por el ruido ni por el miedo. El futuro, lo supiera o no, dependía de quienes se atrevían a enfrentarlo.
Preguntas para estudiantes
- ¿Cómo puede la sociedad enfrentarse a la corrupción sistémica en sectores tan esenciales como la salud?
- ¿Qué papel juegan los periodistas y los ciudadanos en la denuncia de negligencias y corrupción en instituciones públicas?
- ¿Cómo pueden la transparencia y la fiscalización administrativa mejorar la gestión pública en sectores críticos?
- El caso de los médicos en el Instituto Nacional de Salud del Niño muestra una traición a su deber. ¿Cómo puede la ley abordar la negligencia médica cuando el daño a los pacientes es grave?
- ¿Qué herramientas tiene el derecho administrativo sancionador para castigar actos de corrupción y negligencia en la administración pública?
- ¿Cómo se puede garantizar que los funcionarios y profesionales del sector público sean sometidos a sanciones disciplinarias justas y proporcionadas?
- ¿Qué derechos deben garantizarse a los trabajadores públicos investigados dentro de un procedimiento disciplinario?
- ¿Cómo se relaciona la responsabilidad disciplinaria de los funcionarios con la responsabilidad penal en casos de negligencia médica grave?
- ¿Es posible ser un abogado objetivo cuando se está emocionalmente involucrado en un caso?
- ¿Cómo pueden los abogados equilibrar el deber de defender a su cliente con la necesidad de respetar los procedimientos y las emociones de otras partes involucradas?
