Capítulo 04 — El caos en la ciudad

El Defensor Incansable

El caos en la ciudad

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

Armich salió de la clase profundamente afectado por el debate sobre la pena de muerte. Las discusiones éticas y morales que se habían encendido durante la lección seguían resonando en su mente, alimentando un torbellino de ideas sobre justicia, error humano y venganza. Por dentro se debatía entre la rabia por un sistema imperfecto y la desesperanza ante la fragilidad de la vida, como si cada conclusión se le escapara apenas intentaba sujetarla.

Decidió tomar el bus de regreso a casa. Necesitaba aire, distancia, una rutina simple. Pensó que el trayecto le serviría para ordenar lo que sentía. No imaginó que la ciudad, en unas pocas cuadras, le daría una respuesta cruda y definitiva.

Hora punta

Era una tarde calurosa y sofocante en Lima. El tráfico de la hora punta se entrelazaba con bocinas, frenazos y voces que parecían rebotar en el cemento. Al subir al bus, Armich notó de inmediato al conductor: un hombre corpulento y sudoroso llamado Carlos, con el gesto apurado de quien vive peleado con el reloj. Carlos apenas miró a los pasajeros; arrancó con un tirón brusco y se lanzó a la avenida como si el resto tuviera que abrirle paso.

A pesar del bullicio, Armich seguía anclado en la discusión sobre la pena de muerte. La moralidad de arrebatarle la vida a otro ser humano, aun con pruebas sólidas, lo inquietaba. Y, al mismo tiempo, ver a Carlos manejar de manera imprudente lo sacaba de esa abstracción: el riesgo tenía cuerpo y velocidad. El bus zigzagueaba entre vehículos, ignorando señales de tránsito, buscando huecos imposibles. Un presentimiento de peligro comenzó a crecerle en el pecho.

“Mira cómo conduce este hombre”, comentó Armich a un pasajero a su lado. El otro lo observó con la misma preocupación, sin responder. La gente sabía, pero prefería el silencio. Armich sintió una irritación antigua: esa costumbre de aguantar hasta que ya es tarde.

La advertencia

Armich decidió actuar. Se levantó y se acercó al conductor. Carlos no disminuía la velocidad ni mostraba señales de precaución. El volante parecía un arma en manos impacientes.

“Oye, ¿puedes bajar la velocidad? Es muy peligroso”, le dijo Armich en tono serio. Carlos apenas le lanzó una mirada rápida y esbozó una sonrisa desdeñosa, como si lo estuvieran regañando por nada.

“No te preocupes. Sé lo que estoy haciendo”, respondió, mezclando arrogancia y desdén. La furia le subió a Armich, pero se contuvo. No quería perder el control; quería ser escuchado.

“Lo que estás haciendo es poner en riesgo la vida de todos. Sé más cuidadoso”, replicó, esforzándose por mantener la calma. Carlos no contestó. Aceleró un poco más, y el bus se deslizó por las calles como una bala descontrolada. Adentro, el miedo se instaló: manos aferradas a barandas, miradas fijas hacia adelante, un silencio que ya no era indiferencia sino tensión.

El choque

Y entonces ocurrió lo inevitable. Un choque estruendoso estalló en el aire cuando el bus impactó contra un vehículo pequeño. El golpe hizo que los pasajeros gritaran y se tambalearan. Armich fue lanzado contra el respaldo de un asiento; apenas logró mantener el equilibrio. Todo se volvió ruido: metal, frenazo, insultos, un zumbido en la cabeza.

El conductor del auto afectado, José, salió furioso de su vehículo. Era un hombre cansado, con el rostro gastado por un largo día de trabajo y el estrés del tráfico. Al ver la abolladura en su coche, la rabia le explotó como si el daño fuera la última humillación de la jornada.

“¡Mira lo que hiciste! ¡Mira el daño que le hiciste a mi auto!”, gritó José, enfrentando a Carlos con los puños apretados. Carlos bajó del bus con una sonrisa burlona, lejos de mostrar arrepentimiento.

“No fue mi culpa. Tú te detuviste de golpe”, dijo en un tono desafiante. Luego añadió, como si necesitara aplastar al otro: “Tal vez deberías aprender a conducir en la ciudad antes de culpar a los demás”.

Las palabras de Carlos avivaron la furia de José. “¡Eso es mentira! ¡Eres un conductor imprudente, y vas a pagar por el daño que has causado!”, replicó José, temblando de rabia. Varios pasajeros empezaron a bajar, formando un círculo nervioso alrededor de la discusión.

La escalada

Armich intervino, buscando cortar la violencia antes de que se hiciera irreversible. “Escucha, esto no se solucionará con gritos. Hay testigos aquí. Deja que las autoridades se encarguen de resolverlo”. Su voz era firme, pero por dentro ya presentía que la razón llegaba con desventaja.

Carlos soltó una carcajada cínica. “¿Las autoridades? No seas ingenuo. Aquí el dinero lo arregla todo, y yo tengo lo suficiente para salir de esto sin problemas”, dijo, lanzando una mirada despectiva hacia José. “¿Qué vas a hacer, ‘hombrecito’?”.

José, cegado por la ira, no pudo contenerse. En un arrebato, tomó una piedra del suelo y la lanzó con fuerza contra el parabrisas de la custer. El cristal estalló en mil pedazos. El sonido del vidrio quebrándose silenció a todos por un instante, como si la calle hubiera quedado vacía de repente.

El rostro de Carlos se desfiguró de furia. “¡Maldito imbécil!”, gritó. Y sin pensarlo dos veces, volvió a la custer. Hubo un segundo extraño, detenido, en el que nadie se movió. Armich sintió un escalofrío: no era un impulso cualquiera. Era una decisión peligrosa.

Carlos aceleró en dirección a José. El impacto fue brutal. José salió despedido y cayó al suelo con un ruido sordo. Su cuerpo quedó inmóvil, y una mancha de sangre comenzó a expandirse en el asfalto, lenta, inevitable.

Armich corrió sin pensar. En el fondo, sabía que estaba llegando tarde a lo único que importaba.

La huida

“¡José!”, gritó Armich, arrodillándose junto al hombre herido. Intentó detener la hemorragia, buscó alguna señal de respuesta, pero el cuerpo de José apenas reaccionaba. A su alrededor, el mundo se movía como en una pesadilla: voces atropelladas, pasos, gente mirando sin saber qué hacer.

Los pasajeros, conmocionados, se precipitaron hacia Carlos. Con rabia y desesperación, lo sacaron a la fuerza del bus y lo inmovilizaron. Gritaban por ayuda. Armich intentó mantenerse sereno junto a José, pero su mente se inundaba de tristeza y rabia: la discusión de la mañana, la justicia, el error humano, todo estaba ahí, en carne viva, sin teoría que lo sostuviera.

“Esto no puede quedar así”, exclamó Armich, viendo cómo la vida se escapaba del cuerpo de José. “¿Cómo pudo alguien ser tan irresponsable? ¿Qué clase de justicia existe en este caos?”.

Antes de que llegaran las autoridades, Carlos aprovechó un descuido. Se liberó del grupo, empujó con violencia a quienes se interponían en su camino, incluyendo a Armich, y corrió hacia la custer. Arrancó a toda velocidad y se perdió entre el tráfico, como si la ciudad lo hubiera protegido.

Armich, aturdido, intentó seguirlo, pero cayó al suelo tras el empujón. El dolor en el cuerpo era intenso, aunque la impotencia lo era más. “¡Deténganlo!”, gritó alguien desde la multitud. Nadie pudo hacerlo.

El rostro entre los curiosos

La policía llegó finalmente, pero Carlos ya no estaba. José seguía inmóvil en el suelo. La ambulancia llegó poco después y, aunque los paramédicos se movieron rápido, Armich comprendió lo que nadie quería decir: era tarde. José estaba muerto.

Mientras la multitud se arremolinaba alrededor de la escena, Armich se puso de pie, tratando de procesar lo ocurrido. El sabor amargo de la injusticia le llenaba la boca. Había presenciado la muerte de un hombre inocente y el escape impune de un culpable. En su pecho se abrió una grieta nueva.

Y entonces lo vio. En la acera, de pie entre los curiosos, había un hombre. Sus ojos brillaban con una oscuridad inquietante y, en su rostro, se dibujaba una sonrisa fría, casi malévola. Observaba la escena como si fuera parte de un espectáculo. No parecía sorprendido. No parecía triste. Parecía complacido.

Armich sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo en ese hombre lo perturbó profundamente. Se abrió paso para acercarse, pero cuando llegó a donde había estado, el hombre había desaparecido. La ausencia dejó una inquietud aún más pesada.

Con la policía tomando control y el cuerpo de José siendo trasladado, Armich supo que su vida había cambiado para siempre. ¿Cómo buscar justicia en un mundo tan caótico? ¿Cómo sostener la idea de orden cuando la realidad se imponía así, sin aviso, sin reparación inmediata?

Mientras se alejaba del lugar, las preguntas se le amontonaban. ¿Quién era ese hombre misterioso? ¿Por qué parecía tan satisfecho? Armich entendió, con una claridad amarga, que su búsqueda de respuestas apenas comenzaba.

Preguntas para reflexión

  1. ¿Qué errores cometieron tanto José como Carlos durante el conflicto que contribuyeron a la tragedia?
  2. ¿Cómo afecta la falta de respeto por las normas de tránsito a la seguridad de las personas en una ciudad como Lima?
  3. ¿Qué papel juega la ira y el impulso en la toma de decisiones en situaciones de estrés? ¿Cómo podría haberse evitado el desenlace fatal?
  4. ¿Qué simboliza el hombre misterioso que aparece al final del capítulo? ¿Qué impacto tiene en la percepción de Armich sobre los eventos que ocurrieron?
  5. ¿Cómo debería actuar el sistema judicial en casos de accidentes causados por imprudencia y negligencia? ¿Es suficiente la justicia legal en situaciones como esta?
  6. ¿Cuáles son las sanciones administrativas que le corresponde al chofer?

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