Capítulo 03 — El debate sobre la pena de muerte

El Defensor Incansable

El debate sobre la pena de muerte

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

Armich y Sofía se encontraban sentados en la clase de Introducción al Derecho, observando con atención mientras el profesor Anderson preparaba la discusión del día. El ambiente estaba cargado de expectación, especialmente desde que se había presentado el caso de Nanon Williams, un hombre condenado a muerte por un crimen cometido cuando era menor de edad. Ambos estudiantes intuían que la sesión no sería tranquila: la pregunta de fondo tenía filo y nadie saldría ileso de ella.

El profesor Sessarego Anderson, un hombre de mediana edad con una distinguida carrera en el ámbito jurídico, se movía con la seguridad de alguien que ha dedicado su vida a la enseñanza. Era conocido no solo por su vasto conocimiento, sino por su habilidad para retar a sus estudiantes a pensar de manera crítica y a sostener sus puntos de vista con argumentos que resistieran el examen de la sala.

Al ordenar sus papeles, recorrió el aula con la mirada. No buscaba al más aplicado; buscaba al que se atreviera. La pizarra estaba limpia y esa limpieza parecía una invitación: allí iban a escribirse ideas que, por sí solas, podían cambiar la forma de mirar el mundo.

“Hoy discutiremos un tema que ha generado controversia durante siglos: la pena de muerte”, dijo el profesor.

Explicó que el caso de Nanon Williams les permitiría explorar las fallas y virtudes del sistema de justicia penal, así como los dilemas éticos asociados con una sentencia que no admite vuelta atrás. En su tono no había morbo; había gravedad. Como si cada palabra cargara el peso de una decisión que otros, en otros lugares, tomaban en nombre de todos.

Tras describir los hechos del caso y presentar argumentos a favor y en contra de la pena capital, el profesor Anderson hizo una pausa. No fue una pausa casual. Fue la clase de silencio que obliga a alguien a tomar posición. Los estudiantes se miraron entre sí, midiendo el terreno, como si temieran decir algo que los delatara.

La primera postura

Armich fue el primero en levantar la mano. No lo hizo con impulsividad, sino con una decisión contenida, como quien ya venía pensando la respuesta desde antes de entrar al aula. Cuando el profesor le dio la palabra, Armich enderezó la espalda y habló con claridad.

“Disculpe, profesor, pero debo expresar mi postura. Creo que la pena de muerte no debería aplicarse en ningún caso, y mucho menos cuando se trata de menores de edad. La justicia no se logra mediante la muerte de un ser humano, sino buscando alternativas que promuevan la rehabilitación”.

Algunos tomaron notas con rapidez. Otros cruzaron los brazos, incómodos. No era una opinión neutral: era una frontera. Armich sintió la tensión, pero no bajó la mirada. Para él, aquello no era una consigna aprendida: era una idea que le nacía desde el lugar donde todavía dolían ciertas cosas.

La réplica de Sofía

Sofía, que había estado observando atentamente, intervino con un aire de desafío. No esperó que la discusión se enfriara. Si Armich había trazado una línea, ella estaba dispuesta a cruzarla. Su voz fue precisa, como una pregunta que ya trae escondida una conclusión.

“Pero Armich, ¿qué sucede con los crímenes más atroces, como los asesinatos en masa o las violaciones?”, preguntó, cruzando los brazos. “¿No merecen justicia las víctimas y sus familias? ¿Cómo se logra esa justicia si el criminal sigue vivo?”.

Armich respiró hondo antes de contestar. No quería sonar sentimental. Tampoco quería ceder. Sabía que, si se equivocaba, no lo corregirían con amabilidad. En esa aula, las ideas se ganaban el lugar a golpes de lógica.

“Por supuesto que las víctimas merecen justicia”, respondió. “Pero la pena de muerte no es la solución. El sistema penal ha demostrado ser falible, y no son pocas las veces que personas inocentes han sido condenadas. ¿Qué pasa si ejecutamos a alguien que no es culpable? ¿Cómo podemos reparar ese error?”.

El centro del conflicto

Sofía no dudó en replicar. “Es un riesgo mínimo comparado con los beneficios. La pena de muerte disuade a los delincuentes de cometer crímenes atroces, y aunque el sistema no es perfecto, las excepciones no pueden anular su necesidad en casos extremos”.

En su afirmación había seguridad, pero también una sombra: la necesidad de que el mundo sea ordenable, predecible, controlable. Armich la observó con más atención de la que hubiera querido. Entendió que, para ella, la pena de muerte era una respuesta al caos, una forma de cerrar la puerta al miedo.

Armich respondió sin alzar la voz. “No hay evidencia suficiente que demuestre que la pena de muerte disuada a los criminales de cometer delitos. Además, ¿cómo podemos justificarnos si la persona que ejecutamos tiene una discapacidad mental o es menor de edad? ¿Dónde trazamos la línea?”.

Sofía apretó la mandíbula, sin ceder terreno. “En esos casos se pueden hacer excepciones, claro. Pero en los crímenes más graves, aquellos que destruyen vidas y familias, debe haber una consecuencia a la altura. ¿No crees que quienes cometen actos tan atroces merecen pagar con la misma moneda?”.

Armich negó lentamente con la cabeza. Su voz bajó un tono, pero se volvió más firme, como si hubiese encontrado un punto exacto. “No se trata de venganza. La justicia no debería basarse en el ojo por ojo, sino en encontrar soluciones que protejan a la sociedad sin caer en la barbarie. La pena de muerte perpetúa un ciclo de violencia. ¿Cómo podemos construir un sistema justo si respondemos con más muerte?”.

La pregunta quedó flotando, incómoda, como si el aula hubiese perdido aire por un instante.

Sofía frunció el ceño y se cruzó de brazos, visiblemente frustrada. “Pero sin la pena de muerte, ¿cómo evitamos que los criminales reincidan? ¿Cómo les damos a las víctimas la paz que merecen?”. En su voz había algo más que debate: había una urgencia que Armich no supo nombrar.

Armich suspiró, buscando las palabras adecuadas. “El sistema de justicia debería centrarse en la rehabilitación, en entender las causas que llevan a una persona a cometer esos crímenes y tratar de reintegrarlos en la sociedad. No sugiero perdonar sus actos, pero la muerte no es la respuesta. Podemos ser más justos, más humanos”.

El aula como espejo

El debate continuó, y con cada intervención se tensaban más las miradas. Varios estudiantes se inclinaban hacia adelante, atentos a cada palabra. Otros, en cambio, parecían buscar refugio en sus cuadernos. Nadie quería quedar expuesto, pero todos estaban aprendiendo lo mismo: el Derecho no es solo normas; es una forma de decidir qué clase de sociedad se tolera.

El profesor Anderson observó la intensidad del intercambio sin interrumpir de inmediato. Dejó que el conflicto revelara su valor pedagógico. Cuando habló, lo hizo con calma, como quien apaga un fuego sin negar que el fuego existe.

“Es evidente que este es un tema que despierta pasiones y genera opiniones muy diversas”, dijo, mirando tanto a Armich como a Sofía. “Pero recordemos que, como futuros abogados, debemos aprender a debatir con respeto y a escuchar los argumentos de los demás. A menudo, las respuestas no son simples”.

Los estudiantes asintieron en silencio, procesando las palabras del profesor. Algunos se relajaron apenas. Otros siguieron rígidos, como si la discusión les hubiera tocado una fibra personal. Anderson no se conformó con la cortesía del aula; volvió al fondo del problema.

“El sistema de justicia penal no es perfecto”, continuó. “Hemos visto casos de personas inocentes condenadas injustamente, y es nuestra responsabilidad, como profesionales del Derecho, hacer lo posible por garantizar que la justicia se aplique de manera justa y equitativa. El caso de Nanon Williams es un ejemplo de los dilemas éticos y legales que enfrentamos como sociedad”.

El profesor dio unos pasos hacia la pizarra y escribió “Nanon Williams” en letras grandes. El nombre, escrito así, parecía más real, más pesado. En ese instante, Armich sintió que el caso ya no era un pretexto para debatir: era una advertencia.

“Debemos recordar que la justicia es compleja”, añadió Anderson. “Las soluciones no siempre son claras y, a veces, como en este caso, lo que está en juego es la vida de una persona. Nuestra tarea es asegurarnos de que el proceso sea lo más justo posible, para todas las partes involucradas”.

Una tregua tensa

La sala quedó en un silencio reflexivo. Armich y Sofía intercambiaron una mirada tensa, pero cargada de respeto. Aunque sus posiciones eran difíciles de conciliar, ambos entendían la gravedad del tema que habían puesto sobre la mesa. Ninguno había hablado para lucirse; habían hablado porque creían en algo.

El profesor Anderson recogió sus libros y concluyó la clase. “Este es solo el comienzo de las muchas discusiones que tendrán a lo largo de sus carreras. El Derecho no ofrece respuestas fáciles, pero es nuestra responsabilidad buscar siempre la justicia”.

Los estudiantes comenzaron a levantarse lentamente, muchos de ellos inmersos en sus pensamientos. ¿Es la pena de muerte una solución justa y efectiva? ¿O debería ser abolida en favor de un sistema más humano y equitativo? Las preguntas quedaban en el aire, tan complejas como el propio sistema judicial.

Armich guardó su cuaderno con cuidado, como si dentro hubiera algo frágil. Sofía, al otro lado, ajustó su bolso y respiró hondo. Ninguno dijo nada. Sin embargo, ambos supieron que aquella discusión no se había terminado: solo había cambiado de lugar.

Preguntas para reflexión

  1. ¿Cuál es el papel de los futuros abogados en la búsqueda de un sistema de justicia más justo y equitativo?
  2. ¿Cómo se pueden evitar los errores judiciales en casos tan graves como los que implican la pena de muerte?
  3. ¿Qué argumentos a favor y en contra de la pena de muerte son más convincentes en el debate entre Armich y Sofía? ¿Por qué?
  4. ¿Es posible crear un sistema penal que garantice la seguridad de la sociedad sin recurrir a la pena de muerte? ¿Qué alternativas se podrían explorar?
  5. ¿De qué manera el caso de Nanon Williams nos invita a cuestionar la efectividad y equidad del sistema de justicia penal?

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