Capítulo 02 — Primer día de clases

El Defensor Incansable · Capítulo II

Primer día de clases

La Facultad de Derecho abre sus puertas, pero también despierta viejas heridas.

Michael Lincold Trujillo Pajuelo 02 de junio de 2026 Lectura estimada: 11 min
“La Facultad de Derecho no le ofreció una bienvenida: le entregó una advertencia.”

La mañana despuntaba clara sobre los antiguos pabellones de piedra de la universidad, pero Armich no caminaba solo hacia la Facultad de Derecho.

Dentro de su viejo maletín de cuero llevaba libros nuevos, cuadernos sin estrenar y dos hojas dobladas que el tiempo no había conseguido volver inofensivas. La primera era una copia del registro interno que una secretaria valiente le entregó el día en que defendió a John en el patio del colegio. La segunda era una amenaza encontrada aquella misma noche junto al portón de su casa.

“Los defensores también sangran”.

Habían pasado años desde entonces. La ceja ya no le dolía. Los moretones desaparecieron. John siguió con su vida. Incluso el colegio, con sus pasillos grises y su patio lleno de silencios, parecía pertenecer a una memoria lejana.

Pero Armich sabía que algunas heridas no se cierran.

Se transforman en propósito.

Por eso, al detenerse frente a la entrada principal de la universidad, no sintió únicamente ilusión. Sintió también una responsabilidad difícil de explicar. Aquel no era simplemente su primer día de clases. Era el primer paso real hacia una promesa que había nacido en silencio, con sangre en el rostro y rabia en el pecho: convertirse en abogado para defender a quienes otros preferían ignorar.

La luz dorada del sol naciente caía sobre las fachadas antiguas y dibujaba sombras largas sobre los senderos. El aire fresco traía el olor del césped recién cortado y el murmullo de cientos de estudiantes que caminaban con mochilas, carpetas y sueños todavía intactos.

Armich vestía su mejor ropa: un saco oscuro, una camisa clara y unos zapatos cuidadosamente lustrados. No eran nuevos, pero él los había limpiado la noche anterior con una paciencia casi ceremonial. Su maletín, en cambio, conservaba las marcas del uso. Tenía las esquinas gastadas, la correa algo vencida y un peso que no provenía solo de los libros.

En su casa no sobraba nada, pero tampoco había faltado lo esencial. Sus padres le habían enseñado que la dignidad no dependía del precio de una prenda, sino de la forma en que uno se sostenía frente al mundo. Esa mañana, mientras avanzaba hacia el portón universitario, Armich recordó las noches de estudio, los fines de semana sin descanso, las renuncias pequeñas y el abrazo de sus padres cuando llegó la carta de admisión.

Respiró hondo.

“Aquí comienza todo”, pensó.

Entonces escuchó los gritos.

A pocos metros, hacia la derecha de la entrada, un grupo de estudiantes se había detenido alrededor de una escena incómoda. Una joven discutía con el guardia de seguridad del campus. La imagen era desigual. Ella se mantenía erguida, elegante, acostumbrada a ocupar espacio. Él, un hombre maduro de uniforme azul desvaído, intentaba conservar la calma mientras sostenía una credencial en la mano.

El guardia hablaba con cuidado, como si cada palabra pudiera quebrar algo.

Le explicó que todos debían mostrar identificación al ingresar.

La joven alzó el mentón. Tenía el cabello rubio cuidadosamente arreglado, la postura impecable y una seguridad que parecía entrenada desde la infancia. No había maldad evidente en su rostro. Había algo más complejo: orgullo herido, impaciencia y esa certeza peligrosa de quien ha pasado demasiadas puertas sin que nadie le pregunte nada.

Dijo que tenía prisa y que la dejaran pasar.

El guardia insistió con respeto. Solo necesitaba verificar la credencial.

Ella lo interrumpió. Su voz cortó el aire con una frase que hizo que varios estudiantes bajaran la mirada:

“¿No sabe quién soy yo?”.

Armich se quedó inmóvil.

No era el patio del colegio.

No estaba John.

No estaban Martín ni el director.

Pero la escena tenía una forma conocida. Alguien usaba su posición para humillar. Alguien cumplía su deber con miedo. Y todos alrededor fingían que mirar era lo mismo que no participar.

El silencio de los espectadores le pareció más insoportable que la voz de la joven.

Sintió el viejo ardor en la ceja, aunque la cicatriz ya no se veía.

Pudo seguir caminando.

Pudo decirse que era su primer día y que no convenía empezar con problemas.

Pudo recordar el consejo de su padre: la fuerza no era dejar que la rabia decidiera por uno.

Por eso no gritó.

Se acercó despacio.

Con voz serena, pero firme, le dijo a la joven que el guardia solo estaba cumpliendo con su trabajo y que todos merecían respeto, sin importar el cargo que ocuparan.

La joven giró hacia él. Sus ojos recorrieron su saco sencillo, el maletín gastado y los zapatos limpios pero modestos. Una sonrisa breve, casi imperceptible, apareció en sus labios.

Le preguntó quién era él para decirle cómo debía comportarse.

Armich sostuvo su mirada. Dijo su nombre y agregó que también era estudiante de Derecho. Luego pronunció una frase que salió más tranquila de lo que él esperaba:

“El respeto no depende de quién seas”.

El murmullo creció alrededor.

La joven apretó la credencial entre los dedos. Durante un instante pareció a punto de responder con furia, pero se contuvo. Había demasiados ojos sobre ella.

“Qué noble”, dijo finalmente, con una ironía fría. “Primer día y ya quieres dar lecciones”.

Armich sintió la punzada de la vergüenza. No le gustaba ser observado. No quería convertirse en espectáculo. Pero ya estaba allí.

Respondió que no quería dar lecciones, solo recordar algo básico: ninguna carrera, ningún apellido ni ninguna posición colocaban a una persona por encima de otra.

La joven miró alrededor. Por primera vez pareció medir el efecto de sus propias palabras. No se disculpó. Su orgullo no se lo permitió. Pero entregó la credencial, dejó que el guardia la verificara y luego la recuperó con un gesto brusco.

Antes de irse, se inclinó apenas hacia Armich.

“Esto no termina aquí”.

No sonó como una amenaza abierta. Sonó peor: como una advertencia pronunciada por alguien que no estaba acostumbrada a perder.

El grupo comenzó a dispersarse.

Armich permaneció quieto unos segundos, dejando que la adrenalina bajara. Se preguntó si había sido imprudente. Si su primer acto en la universidad lo había puesto en la mira de alguien con más poder del que aparentaba.

El guardia lo miró con gratitud.

Le agradeció en voz baja.

Armich negó suavemente con la cabeza. No tenía que agradecerle. Él solo estaba haciendo su trabajo.

El hombre sonrió con timidez y dijo algo que Armich guardó sin querer:

“Ojalá todos lo entendieran así”.

Armich ajustó el maletín en su mano y siguió hacia el edificio principal.

El corredor de la Facultad de Derecho hervía de actividad. Las conversaciones subían y bajaban como oleaje. Algunos estudiantes revisaban horarios en sus celulares. Otros caminaban en grupos, aparentando una seguridad que todavía no tenían. En las paredes colgaban retratos de antiguos juristas, decanos y profesores ilustres, todos con miradas solemnes, como si vigilaran el ingreso de cada nueva generación.

Armich pasó frente a ellos con una sensación extraña.

Durante años había imaginado ese momento. Pensó que al llegar sentiría orgullo, quizá alivio. Pero lo que sintió fue algo más incómodo: la sospecha de que la Facultad de Derecho también sería un lugar donde el poder tendría muchas formas.

No todas violentas.

No todas evidentes.

Algunas usarían títulos.

Otras usarían apellidos.

Otras, silencios.

Llegó al aula de Introducción al Derecho unos minutos antes de la hora. El salón era amplio y luminoso. Los ventanales dejaban entrar una claridad limpia que caía sobre las carpetas de madera. Algunos estudiantes conversaban en pequeños grupos. Otros fingían revisar apuntes que aún no existían. Había nerviosismo, expectativa y esa energía inquieta de los comienzos importantes.

Armich eligió una carpeta en las filas intermedias. Ni demasiado adelante para parecer ansioso ni demasiado atrás para esconderse.

Dejó el maletín a sus pies.

Al hacerlo, sintió el roce de las hojas dobladas dentro del compartimiento interior.

La prueba.

La amenaza.

Respiró hondo.

Al levantar la mirada, la vio.

La joven de la entrada estaba en la esquina opuesta del aula. Sentada con la espalda recta, el cabello ordenado y el rostro sereno, parecía haber recuperado el control absoluto de sí misma. No conversaba con nadie. No revisaba el celular. Tenía la mirada fija en la carpeta, como si estuviera preparándose para una batalla que no necesitaba anunciar.

Armich apartó la vista.

Minutos después, el profesor ingresó.

Era un hombre de cabello entrecano, voz grave y pasos pausados. No necesitó levantar la voz para imponer silencio. Dejó sus libros sobre el escritorio, observó a los estudiantes uno por uno y escribió en la pizarra tres palabras:

Pizarra

Derecho. Justicia. Poder.

Luego se volvió hacia la clase.

Dijo que algunos habían llegado a la carrera porque amaban la justicia; otros, porque amaban el poder; y muchos, quizá, porque todavía no sabían distinguir una cosa de la otra.

El silencio fue inmediato.

Armich sintió que esas palabras le atravesaban el pecho.

El profesor se presentó como Anderson. Explicó que no empezarían con una definición de Derecho, porque las definiciones podían esperar. Primero debían comprender que el Derecho podía ser una de las herramientas más nobles o más peligrosas de una sociedad.

Después escribió una pregunta en la pizarra:

Pregunta de clase

¿Puede una decisión ser legal y, al mismo tiempo, profundamente injusta?

Nadie habló de inmediato.

Algunos miraron sus cuadernos. Otros miraron al profesor. Armich pensó en el director del colegio diciendo que no había pasado nada grave. Pensó en el registro interno. Pensó en la palabra “internamente”. Pensó en todas las formas en que una autoridad podía ordenar el silencio sin levantar la voz.

El profesor mencionó brevemente el caso de un joven condenado por un crimen cometido cuando aún era menor de edad. No lo presentó para resolverlo, sino para abrir una herida intelectual: cuando la legalidad funciona sin humanidad, ¿sigue siendo justicia o solo obediencia organizada?

Armich abrió su cuaderno.

La joven de la entrada también.

El profesor miró a la clase y preguntó quién quería empezar.

La primera mano en levantarse fue la de ella.

El profesor revisó la lista y dijo su nombre: Sofía Valcárcel.

Armich lo anotó mentalmente.

Sofía.

Ella habló con una precisión que sorprendió incluso a quienes aún recordaban su conducta en la entrada. Dijo que una decisión podía ser moralmente cuestionable, pero que, si cumplía el marco legal vigente, el problema no siempre estaba en el juez. A veces estaba en el legislador, en el diseño institucional o en la sociedad que permitía que ciertas normas existieran.

Su respuesta fue fría, ordenada, inteligente.

Armich la miró con atención.

Por primera vez vio en ella algo más que soberbia. Vio disciplina. Vio ambición. Vio una mente acostumbrada a sostener una idea sin pedir permiso.

El profesor asintió. Luego preguntó si alguien deseaba responder.

Armich levantó la mano.

No lo hizo para contradecirla. Lo hizo porque la pregunta le dolía demasiado como para quedarse callado.

Dijo que estaba de acuerdo en parte, pero que el Derecho no podía esconderse siempre detrás de la forma. Si una decisión cumplía las reglas, pero aplastaba a una persona concreta, entonces el problema no era solo del sistema. También era de quienes aceptaban aplicar la norma sin preguntarse por sus consecuencias.

Algunos estudiantes voltearon hacia él.

Sofía también.

Armich continuó. Dijo que la legalidad sin humanidad podía convertirse en una herramienta de daño. Y que, cuando eso ocurría, el abogado tenía que decidir si iba a ser solo un técnico del poder o una voz frente al abuso.

El aula quedó en silencio.

El profesor Anderson sonrió apenas.

Dijo que acababan de aparecer las dos primeras fuerzas del curso: el Derecho como estructura de orden y el Derecho como exigencia de justicia. Luego añadió que esa tensión no se resolvería en una clase, ni quizá en toda la carrera.

Armich bajó la mano.

Sofía lo observó unos segundos más de lo necesario. Ya no había burla en su mirada. Había desafío. También curiosidad. Tal vez molestia por haber encontrado a alguien dispuesto a responderle sin inclinarse.

La clase continuó entre conceptos: norma, coerción, legitimidad, responsabilidad, autoridad. Pero Armich sintió que cada palabra abría una puerta hacia algo más profundo. No se trataba solo de memorizar teorías. Se trataba de comprender por qué algunas injusticias sobreviven precisamente porque aprenden a hablar con lenguaje correcto.

Cada vez que Armich intervenía, Sofía escuchaba.

Cada vez que Sofía respondía, Armich tomaba nota.

Lo ocurrido en la entrada ya no parecía un simple altercado. Había sido el primer choque de dos maneras distintas de mirar el Derecho.

Para Sofía, el Derecho parecía empezar en el orden.

Para Armich, empezaba en la herida.

Al finalizar la clase, el profesor dejó la pregunta escrita en la pizarra:

¿Puede llamarse justicia a una decisión jurídicamente válida, pero moralmente insoportable?

Armich la copió en su cuaderno.

Al otro lado del aula, Sofía hizo lo mismo.

Cuando los estudiantes comenzaron a salir, Armich guardó sus apuntes en el maletín. En el movimiento, una de las hojas dobladas resbaló del compartimiento interior y cayó al suelo sin que él lo notara.

Sofía, que pasaba cerca de su carpeta, la vio.

La recogió antes de que él pudiera reaccionar.

Armich extendió la mano y le dijo que era suya.

Pero Sofía ya había leído la frase escrita con tinta roja.

“Los defensores también sangran”.

Durante un segundo, su expresión cambió.

La seguridad desapareció. No por completo, pero sí lo suficiente para que Armich lo notara. En su rostro apareció una sombra de inquietud, como si aquella frase hubiera tocado una puerta que ella prefería mantener cerrada.

Le preguntó quién le había escrito eso.

Armich sostuvo su mirada.

Respondió que nadie que importara.

Sofía no le devolvió la hoja de inmediato. La observó con una atención extraña, casi incómoda, y dijo que, si no importara, él no la llevaría consigo.

El comentario lo golpeó más de lo esperado.

Armich respondió que, si ella fuera tan indiferente como aparentaba, no se habría detenido a leerla.

El silencio entre ambos fue breve, pero intenso.

Sofía le entregó la nota.

Antes de irse, miró el maletín y luego volvió a mirar la frase. Su voz bajó apenas.

“Ten cuidado con las frases que cargas, Armich. Algunas no pertenecen al pasado”.

Él frunció el ceño.

Quiso preguntarle qué significaba eso.

Pero Sofía ya caminaba hacia la puerta.

No se despidió.

Solo dejó atrás una duda.

Armich guardó la nota junto al registro interno. Esta vez lo hizo con más cuidado. Cerró el maletín y apoyó la mano sobre el cuero gastado, como si pudiera impedir que el pasado siguiera respirando dentro.

Al salir del aula, el pasillo estaba casi vacío.

Desde el patio central llegaban voces, risas y pasos. La universidad seguía viva, indiferente a lo que acababa de ocurrir.

Armich miró hacia la entrada principal.

El guardia continuaba en su puesto.

Sofía ya no estaba.

Entonces comprendió que el primer día no le había ofrecido una bienvenida.

Le había dado una advertencia.

La Facultad de Derecho había abierto sus puertas, sí.

Pero también había abierto algo más: una guerra silenciosa entre el orden que protege apariencias y la justicia que incomoda.

Y Armich, aunque aún no lo sabía, acababa de entrar en ambos campos.

La primera clase apenas abrió la herida

Continúa con el siguiente capítulo y acompaña a Armich en un debate donde la legalidad, la justicia y la vida humana empiezan a chocar de frente.

Leer el Capítulo III

Preguntas para reflexión

  1. ¿Por qué Armich interviene cuando Sofía humilla al guardia de seguridad?
  2. ¿Qué relación existe entre la escena del colegio y la escena de la universidad?
  3. ¿Sofía es presentada únicamente como una antagonista o también como una rival compleja?
  4. ¿Qué significa la pregunta: “¿Puede una decisión ser legal y, al mismo tiempo, injusta?”
  5. ¿Por qué la nota de amenaza sigue siendo importante para Armich años después?
  6. ¿Qué diferencias existen entre justicia, legalidad y poder?
  7. ¿Qué puede representar Sofía en el camino de formación de Armich?
  8. ¿Qué expectativa deja el final del capítulo para continuar la novela?
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