Capítulo 07 — En la sombra de los libros: Desafíos en la Biblioteca Universitaria

El Defensor Incansable

En la sombra de los libros: Desafíos en la Biblioteca Universitaria

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

Armich y Cristian salieron del aula agotados, aún con la tensión de una clase que había dejado más preguntas que conclusiones. La conversación entre ellos se mantenía ligera, como un hilo que evitaba el peso total de lo discutido, pero ambos sentían que los dilemas legales y morales de la jornada no se quedaban en el aula. El sol brillaba sobre el campus; aun así, una inquietud extraña parecía acompañarlos mientras caminaban hacia la biblioteca.

Cristian se pasó una mano por el pelo y sonrió, como si esa sonrisa pudiera despejar el cansancio. “Hoy fue un golpe duro, hermano”, comentó. “Siento como si el Derecho fuera una pelea constante entre lo que sentimos y lo que creemos correcto”. Lo dijo sin queja, más bien con esa honestidad que a veces nace después de una discusión intensa.

Armich asintió, pero su mente ya se había adelantado unos pasos. Había algo raro en el ambiente. La biblioteca, normalmente tranquila, estaba rodeada por estudiantes inquietos que hablaban en murmullos. No era el murmullo típico de quien se apura por un examen; era un rumor compacto, cargado de nervios. Varias miradas se clavaban en la entrada del edificio, como si esperaran una confirmación desagradable.

“¿Qué estará pasando aquí?”, preguntó Armich frunciendo el ceño. Se acercó a un compañero que parecía enterado. “Oye, ¿qué sucede?”. Necesitaba una explicación antes de que la imaginación llenara los vacíos.

El compañero, visiblemente emocionado, soltó la noticia con una mezcla de indignación y prisa. “Despidieron a la bibliotecaria, a la señora Rodríguez. Los estudiantes estamos protestando porque no han explicado nada. Todo fue repentino y la mayoría está preocupada por lo que pasará con la biblioteca”.

El corazón de Armich se hundió. La señora Rodríguez era más que una bibliotecaria: era una mentora silenciosa, un apoyo constante para quienes se sentían perdidos entre estantes y plazos. Su nombre estaba ligado a la paciencia, a la orientación, a esas pequeñas ayudas que no figuran en ningún reglamento. Armich tragó saliva, incrédulo.

“No puede ser…”, murmuró. Luego, sin pensarlo demasiado, se abrió paso entre la multitud junto a Cristian. La protesta no era escandalosa; era tensa, contenida, como si a todos les doliera elevar la voz dentro del lugar que asociaban al silencio.

La carta sin explicaciones

Cuando llegaron a la entrada, la vieron. La señora Rodríguez mantenía la postura erguida de siempre, pero esta vez la sostenía con esfuerzo. Había tristeza en su rostro; no una tristeza teatral, sino una que pesa en los hombros. Sus ojos, normalmente brillantes, estaban apagados, como si en pocas horas se hubiera agotado una energía que ella daba por inagotable.

Armich se adelantó y apoyó una mano suave en su hombro. No sabía si era un gesto de consuelo o de sostén, pero le salió natural. “Señora Rodríguez… ¿qué ha pasado?”, preguntó con la preocupación evidente en la voz. “Estamos aquí para ayudarla. No puede quedarse así”.

Ella lo miró buscando una chispa de esperanza en el rostro de Armich. La encontró a medias, porque su propia angustia ya le hacía difícil mirar con claridad. Cuando habló, la voz se le quebró. “Nos han despedido a todos”, dijo, luchando por contener las lágrimas. “Sin explicaciones claras, solo una carta. Han llegado nuevos directivos y han decidido que ya no somos necesarios. Después de tantos años…”. La frase se apagó; la emoción le robó el aire.

Cristian apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. “Esto es una injusticia”, exclamó, con rabia en los ojos. “No pueden hacer esto. La biblioteca es el corazón de la universidad, y usted es parte fundamental de todo lo que hacemos. No puede quedar así”.

Armich sintió cómo la frustración se le acumulaba en el pecho. La señora Rodríguez no era una cifra de planilla; era un pilar para muchos. “Cristian tiene razón”, dijo con voz firme. “Tenemos que hacer algo. Si dejamos que esto pase sin más, será el comienzo de algo peor”. En su mente ya se dibujaban procedimientos, escritos, plazos; pero la escena frente a él le recordaba que los plazos no abrazan a nadie.

“Solo una carta”, repetía ella, como si ese papel frío pudiera explicar tantos años de trabajo.

La tentación del atajo

En ese momento, Sofía llegó caminando con confianza. Tenía una expresión decidida, como si ya hubiera elegido una ruta antes de escuchar el resto. Se acercó al grupo y, sin demorarse, sacó el teléfono. “Chicos, sé que quieren hacer lo correcto, pero hay una manera más rápida de solucionar esto”, dijo levantando el móvil. “Puedo llamar a mis padres. Tienen influencia aquí. Podrían arreglarlo en unas horas”.

Armich la miró con dudas. Sabía que Sofía solía resolver las cosas con rapidez, y a veces la rapidez era una forma de sobrevivir. Pero aquello no era solo “resolver”; era decidir qué clase de justicia querían defender. “Sofía, sé que intentas ayudar, pero no creo que esa sea la mejor manera”, replicó, con un tono tenso. “No podemos saltarnos los procedimientos solo porque es más fácil. Debemos seguir las reglas, confiar en el sistema y luchar de forma justa”.

Cristian, atrapado entre ambas posturas, bajó la mirada. “Los dos tienen razón”, dijo con incomodidad. “Si usamos las influencias de tus padres, Sofía, parecería que tomamos atajos. Pero también es cierto que la ley puede ser lenta… y la señora Rodríguez no puede esperar indefinidamente”. A Cristian le pesaba decirlo, porque sonaba a rendición. En realidad era miedo: miedo a que lo correcto llegara tarde.

Sofía cruzó los brazos, frustrada por la indecisión. “Por eso debemos actuar ya”, insistió con vehemencia. “¿Qué están esperando? Esto no es un ensayo. La señora Rodríguez y su familia necesitan su trabajo ahora. No podemos jugar con sus vidas por principios”.

La frase atravesó a Armich como una punzada de culpa. Sofía tenía un punto, y era difícil negarlo. Mientras ellos discutían, la señora Rodríguez estaba perdiendo el suelo bajo los pies. Armich se preguntó, por primera vez en serio, si su idealismo estaba nublando el sentido común. La justicia que él defendía en abstracto tenía un costo concreto cuando se demoraba.

Una voz que pide ayuda

La señora Rodríguez, que había permanecido callada, finalmente habló. Su voz era baja, frágil, como si tuviera miedo de que, al subir el volumen, todo se rompiera. “Por favor… lo único que quiero es saber qué va a pasar. No sé cómo manejar esto sola”. Al escucharla, Armich sintió que su determinación flaqueaba. La teoría no le servía a ella en ese minuto.

Sofía, aprovechando el momento, empezó a marcar en su teléfono. “No puedo dejar que esto se prolongue más. Mis padres intervendrán. No hay tiempo para otra cosa”, dijo. Luego se apartó, decidida, y salió en dirección al pasillo, como si ya tuviera resuelta la mitad del problema.

Armich y Cristian se quedaron en silencio. El aire parecía más pesado. ¿Habían fallado por no actuar rápido? ¿O estaban defendiendo la única manera de que la justicia no se vuelva privilegio? La pregunta se les instaló en el cuerpo, no en la cabeza.

Cristian se volvió hacia Armich, con los ojos llenos de preocupación. “¿Estamos haciendo lo correcto?”, preguntó en voz baja. “Sé que la ley podría estar de su lado, pero… ¿y si no es suficiente? La señora Rodríguez no tiene mucho tiempo”.

Armich cerró los ojos un momento. La duda lo invadió, no como un pensamiento pasajero, sino como una sombra que se quedaba. Cuando los abrió, el sol comenzaba a ponerse en el horizonte y proyectaba sombras largas sobre el campus, como si el día se resistiera a terminar sin dejar una advertencia.

“No lo sé, Cristian”, admitió. “Solo sé que, si dejamos de lado nuestros principios, corremos el riesgo de parecernos a quienes cometen injusticias. Y eso me asusta más de lo que quiero admitir”.

A veces la urgencia exige una respuesta inmediata, pero la justicia pide algo más difícil: sostener una decisión cuando nadie aplaude.

El futuro de la señora Rodríguez, y el de ellos mismos, se cernía sobre sus cabezas como una nube pesada. Sus caminos, aunque unidos por la idea de luchar por la justicia, parecían separarse lentamente. Las sombras de la incertidumbre los rodeaban, amenazando con revelar secretos y generar conflictos. Nada estaba resuelto; y, por primera vez, esa falta de resolución se sentía como parte del aprendizaje.

Preguntas para reflexión

  1. Desde el punto de vista del derecho laboral, ¿qué derechos se vulneran cuando una persona es despedida sin justificación y sin previo aviso, como en el caso de la señora Rodríguez?
  2. ¿Qué herramientas legales podrían haberse usado para proteger a la señora Rodríguez desde el principio?
  3. El sistema de justicia suele ser lento y burocrático. ¿Cómo afecta esta lentitud a los trabajadores despedidos injustamente?
  4. En este caso, ¿cuáles son los riesgos de depender del sistema legal para resolver problemas urgentes como el despido arbitrario?
  5. ¿Es éticamente correcto buscar soluciones rápidas y externas, como usar influencias personales, para corregir una injusticia laboral, aunque eso pueda generar ventajas injustas?
  6. ¿Dónde se traza la línea entre la moralidad de pedir ayuda externa y el riesgo de comprometer la equidad del proceso?

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