Capítulo 15 — Desafíos

El Defensor Incansable

Desafíos

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

El campus universitario hervía de emoción. Las noticias de las Olimpiadas Interfacultades se esparcían por cada rincón como un viento que aviva el fuego de la competencia. Estudiantes de todas las facultades formaban grupos en los pasillos, el cafetín y las áreas comunes, debatiendo con entusiasmo estrategias, equipos y la forma de asegurar la supremacía académica. Nadie hablaba de otra cosa. Incluso los más distraídos caminaban con una meta invisible en la cabeza: ganar.

En una esquina del cafetín, Armich, Cristian y Sofía, representantes del equipo de Derecho, se inclinaron sobre la mesa como si estuvieran trazando un mapa. Las risas alrededor y el sonido del café goteando al fondo daban la ilusión de calma, pero el ambiente estaba cargado. La competencia que se acercaba no era un juego más. Ellos lo sabían y, por eso, elegían cada palabra como si ya estuvieran en la arena.

“Necesitamos a alguien fuerte en debate, alguien que pueda destrozar cualquier argumento en cuestión de segundos”, dijo Cristian con una sonrisa traviesa, imaginando el poder de su equipo en el campo verbal. Sofía, jugando con un bolígrafo entre los dedos, asintió con los ojos fijos en un punto, como si revisara una lista mental de candidatos.

“Sí, pero también necesitamos a alguien brillante en matemáticas para los desafíos más complicados”, respondió Sofía, con una mirada pensativa. “A veces, los ingenieros nos subestiman y podemos ganarles en su propio terreno”. Armich, que había estado escuchando en silencio, agregó con una chispa de determinación en los ojos.

“No olvidemos a alguien creativo, capaz de pensar fuera de la caja cuando nos enfrenten a algo inesperado”, dijo Armich. “Ah, y un buen atleta, claro. No solo son cerebros, también hay que meterle músculo”. Lo remató con un guiño. Cristian soltó una carcajada y estiró las piernas como si ya sintiera el cansancio del futuro.

“Entonces definitivamente no me pongas en la carrera de obstáculos, hermano”, bromeó Cristian. “Mi especialidad es correr argumentos, no maratones”. Los tres rieron, pero la tensión no desapareció; solo se escondió detrás del humor. Las Olimpiadas Interfacultades eran una cuestión de honor, y el orgullo se notaba incluso en la manera de sostener una taza.

El plan de Ingeniería

En otra mesa, a solo unos metros, Elena, Diego y Lucas, el equipo de Ingeniería, discutían con el mismo fervor. Diego no dejaba de moverse con nerviosismo; se inclinó hacia adelante con la expresión de quien ya había ensayado cada escenario. “Tenemos que tener a alguien con habilidades técnicas, que pueda resolver cualquier problema numérico”, dijo, mirando a Elena.

Elena asintió mientras imaginaba los desafíos posibles. Lucas, el pensador silencioso del grupo, sonrió levemente, como si ya estuviera calculando riesgos. “Bueno, sí, claro. Pero no podemos olvidar la resistencia física”, añadió, levantando una ceja. “No vaya a ser que nos toque subir una pared o algo así”.

Elena, con la reputación de líder analítica y competidora feroz, no pudo ocultar la emoción. “A nosotros los números no nos fallan”, dijo con una sonrisa segura, como si ya oliera la victoria. “Vamos a ganarles en cálculo, como mínimo”. La frase quedó suspendida como una apuesta lanzada al aire.

El campo deportivo

El día tan esperado de las Olimpiadas Interfacultades finalmente llegó. El campo deportivo del campus estaba lleno de vida: banderas ondeando, estudiantes con pinturas de guerra en sus caras y un rumor de anticipación que lo envolvía todo. Los equipos se reunieron en el centro, listos para enfrentarse en desafíos que pondrían a prueba habilidades, ingenio y resistencia.

El equipo de Derecho estaba preparado. Cada uno llevaba una camiseta negra con el escudo de su facultad impreso en el pecho y el brillo de la competitividad en los ojos. Habían entrenado mental y físicamente. Aun así, en el aire había algo más fuerte que el entrenamiento: esa necesidad de no ceder, de no quedar como “los que hablan bonito”.

“Listos para darles una lección a los de Ingeniería”, dijo Sofía, ajustándose el cabello bajo la gorra. Su tono era relajado, pero la mirada la delataba. Cristian, fiel a su estilo, dio un paso adelante y abrió los brazos hacia el equipo. “¡Vamos, chicos! ¡A ganar! Y si perdemos, al menos que sea con estilo”, agregó, riendo.

Armich observaba el escenario con una calma concentrada. Para él, el verdadero reto no era debatir ni resolver enigmas, sino mantener la unidad cuando las cosas se complicaran. En su mente, una idea se repetía con una claridad incómoda: no basta con ser bueno. Hay que resistir cuando el cuerpo y el orgullo piden rendirse.

Primer desafío: debate

El primer desafío fue una prueba de debate, un terreno donde Derecho sabía que llevaba ventaja. Sofía y Armich, acostumbrados a discutir casos legales en clase, brillaron sin esfuerzo aparente. Elena y Diego se esforzaron por mantener el ritmo, pero el tema —ética en el uso de la inteligencia artificial— los obligó a pisar terreno que no dominaban.

“Claramente, la regulación ética en la IA no puede estar solo en manos de ingenieros”, argumentó Sofía. “Se necesita un marco legal para proteger los derechos de los ciudadanos”. Elena frunció el ceño; era difícil refutar algo tan evidente sin caer en lugares comunes. Aun así, no se dejó arrinconar.

“Puede ser”, admitió Elena, midiendo el golpe. “Pero si no hay ingenieros que programen esas leyes en los algoritmos, tus palabras se quedarán en papel”. Sofía sonrió, como si esperara esa réplica. “Por eso necesitamos abogados que no solo escriban las leyes, sino que las hagan cumplir”.

La decisión del jurado fue rápida. Derecho salió victorioso del debate y la tribuna estalló. El ánimo de la facultad subió como espuma. En la mirada de Armich, sin embargo, no hubo exceso de confianza. Sabía que la competencia recién estaba mostrando los dientes.

La primera victoria no define una guerra. Solo revela quién está dispuesto a seguir peleando.

Segundo desafío: obstáculos

El segundo desafío fue físico: correr con obstáculos, cargar mochilas pesadas y escalar una pared. Diego y Lucas, con figuras atléticas, parecían tener la ventaja. Cristian, decidido a no ser el último, sacó fuerzas de donde no tenía. Armich le gritó desde la línea: “¡Vamos, Cristian! No pienses, corre”.

Cristian saltó una barda, falló estrepitosamente en el primer intento y cayó de cara al suelo. El golpe fue seco. Un murmullo recorrió las gradas y, por un segundo, el silencio pareció una risa contenida. Sofía se llevó una mano a la boca, pero no pudo evitarlo. “Bueno, al menos lo intentó”, dijo entre carcajadas.

En el último momento, Cristian se rehízo con una determinación que sorprendió incluso a los suyos. Saltó de nuevo, torpe pero eficaz, y pasó justo a tiempo para que Derecho no quedara eliminado. Diego, divertido por el espectáculo, lo señaló con una sonrisa. “Esos abogados… siempre buscando lagunas en la ley… o en las bardas”.

El desafío final

Con el sol ya alto y las pruebas avanzando, llegó el reto final: lógica y trabajo en equipo. Los grupos debían resolver una serie de enigmas complejos que mezclaban matemática avanzada, cuestiones de ética y pequeños retos físicos. Era el tipo de prueba que castigaba la prisa y premiaba la coordinación.

Armich lideró con firmeza. Sofía aportó ideas rápidas, directas, sin miedo al error. Cristian, aún jadeante, se convirtió en el motor inesperado: proponía atajos, unía pistas, insistía cuando los demás dudaban. Ingeniería no se quedó atrás, pero un error en los cálculos les hizo perder tiempo crucial.

Cuando el último enigma fue resuelto, el campus estalló en un rugido de emoción. Derecho había ganado por una diferencia mínima. No fue una victoria aplastante; fue la clase de triunfo que se siente en las manos, en la garganta seca, en la espalda dolorida. Y por eso pesó más.

Con una mezcla de orgullo y cansancio, Armich, Sofía y Cristian levantaron el trofeo en alto mientras los demás estudiantes de Derecho los vitoreaban desde las gradas. Habían demostrado que, con ingenio, esfuerzo y trabajo en equipo, incluso lo técnico podía ser vencido. Por un día, el prejuicio se había quedado sin voz.

“¿Qué se siente ser vencidos por ‘solo palabras’?”, dijo Cristian, dirigiéndose a Diego con una sonrisa pícara. Diego respondió con una sonrisa franca. “Admito la derrota. Pero en la revancha, prepárate: te gano corriendo”. Las risas llenaron el campo, y la rivalidad se volvió, por fin, una excusa para celebrar.

Las facultades, rivales por un día, terminaron compartiendo el mismo aire y la misma alegría. El honor de Derecho había sido defendido. Pero lo más importante era algo que no se podía colgar en una pared: habían entendido el poder de la camaradería y de una competencia sana, esa que aprieta sin romper.

Preguntas para estudiantes

  1. ¿Qué papel juega la camaradería en el éxito de un equipo en competencias interdisciplinarias?
  2. ¿Cómo influye la confianza en los demás miembros del equipo en el rendimiento general?
  3. En las olimpiadas interfacultades, la competencia es entre distintas disciplinas. ¿Cómo se puede aplicar este tipo de colaboraciones interdisciplinarias en el mundo laboral?
  4. ¿Qué beneficios y desafíos trae trabajar con personas de diferentes formaciones profesionales?
  5. Armich y Sofía brillan en el debate legal, mientras que Cristian se esfuerza físicamente. ¿Crees que es importante que un profesional tenga un equilibrio entre habilidades intelectuales y físicas?
  6. ¿Qué ventajas crees que tienen las personas con habilidades tanto mentales como físicas en la vida profesional?
  7. Durante las competencias, tanto los ingenieros como los abogados demostraron su ingenio en situaciones inesperadas. ¿Cómo pueden los retos fuera del aula contribuir al desarrollo integral de un estudiante de Derecho o cualquier otra disciplina?
  8. ¿Qué habilidades no académicas crees que son esenciales para los abogados en la práctica real?
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