
El Defensor Incansable
Ecos de la Justicia
El aula de Derecho quedó atrás, pero las palabras del profesor Sessarego seguían resonando en las mentes de Armich, Sofía y Cristian. Mientras guardaban cuadernos y cerraban mochilas, una conversación casual se convirtió en discusión. Caminaban hacia la sala de debates, ese espacio donde estudiantes de todos los ciclos discutían temas jurídicos de actualidad. Sin planearlo, entraron en un clima de tensión intelectual que prometía dejarles una marca más profunda que cualquier examen.
La sala estaba vibrante, iluminada por la luz del atardecer que se colaba a través de ventanas de vidrio empañado. En el centro, un grupo de estudiantes de los últimos ciclos lideraba un debate intenso. Allí las ideas no se repetían: chocaban, se defendían, se reformulaban. Era un lugar donde las certezas aprendidas en clase podían tambalearse sin aviso.
Entre los más destacados estaban Juan Robles, estudiante del décimo ciclo, conocido por su rigor analítico; Pedro Suárez y María Gómez, ambos del noveno, cuyas habilidades habían llevado a la universidad a ganar competencias nacionales; y Ana Velasco, reconocida por su precisión en la argumentación oral. Armich los observó con esa mezcla de respeto y recelo que se siente ante quien domina un terreno.
“Este lugar siempre tiene un aire especial”, susurró Sofía, sin apartar la mirada. “Se siente como si aquí las ideas cobraran vida”. Armich sonrió, siguiendo el ritmo de las voces. “Parece que tienen un tema pesado. Escuchemos”, respondió, y los tres se hicieron a un lado, como quien entra a una tormenta por decisión propia.
Juan Robles, con su postura imponente, tomó la palabra. Su voz clara y medida capturó de inmediato la atención. “El caso que analizaremos hoy es el de Elena Villafuerte, una joven estudiante de veintidós años acusada de un crimen que estremeció a la comunidad: el asesinato de su propia madre”. Un murmullo cruzó la sala. El tema no admitía distracciones.
Juan continuó, con una mirada que parecía perforar a la audiencia. “Según los informes, Elena vivió bajo abuso físico y psicológico durante más de una década. Las investigaciones revelaron maltrato extremo y control absoluto por parte de su madre. Sin embargo, en un arranque de furia, acabó con su vida. El sistema judicial enfrenta una encrucijada: ¿cómo juzgar a alguien cuya vida fue un infierno constante?”. El silencio se instaló como si el aire se hubiera espesado.
Pedro Suárez tomó la palabra, rompiendo la tensión. “Es un caso complicado. Por un lado, el acto es atroz. Por otro, el contexto nos obliga a replantear qué entendemos por justicia”. Sofía, todavía procesando, levantó la mano. Juan le concedió la palabra con un gesto breve, sin condescendencia.
“¿Se sabe si hubo intentos previos de buscar ayuda?”, preguntó Sofía, visiblemente impactada. María Gómez respondió, hojeando sus notas. “Según el expediente, Elena buscó ayuda en dos ocasiones, pero no fue tomada en serio. En una de ellas, incluso se burlaron de ella, diciéndole que debía ‘aguantar porque era su madre’”. La frase quedó flotando con una violencia distinta, más fría.
Cristian, siempre práctico, preguntó: “¿El sistema no tiene protocolos para tratar casos de violencia intrafamiliar?”. Ana Velasco respondió con seriedad: “Los tiene, pero en muchos casos no se aplican de manera efectiva. El sistema está diseñado para reaccionar, no para prevenir”. Nadie discutió esa última línea. Varios bajaron la vista, como si la sala se hubiera encendido por dentro.
El debate se intensifica
Juan retomó la palabra y llevó la discusión al terreno jurídico. “La pregunta central es: ¿debe Elena ser juzgada como una asesina común, o el contexto debe ser considerado como atenuante?”. Pedro intervino rápido, como quien teme que el debate se convierta en absolución moral. “La ley debe ser clara. El contexto es relevante, sí, pero no podemos ignorar que hubo alevosía. Si justificamos este acto, abrimos la puerta a una relativización peligrosa de la justicia”.
María lo contradijo, con una pasión que no buscaba aplausos. “No estamos justificando nada. Estamos pidiendo que se analice con humanidad. La ley no puede ser ciega al sufrimiento que precede a un acto así”. Sofía, impulsada por la discusión, se levantó. “Elena no solo fue víctima de su madre, también de un sistema que no la protegió. ¿Acaso no es más culpable un sistema que la dejó sola en su desesperación?”.
Cristian intentó abrir un puente. “¿Y si se abordara desde la perspectiva de rehabilitación? No podemos cambiar lo que pasó, pero sí trabajar para que Elena encuentre redención y, al mismo tiempo, aprender de este caso para evitar futuras tragedias”. Ana, con su precisión habitual, citó el Código Penal: “El artículo 20 establece que no es punible quien actúa bajo un estado de alteración mental severa. Si el abuso la llevó a ese estado, ¿no deberíamos considerar esta disposición?”.
Los argumentos chocaban con las reflexiones éticas. Las voces resonaban como un eco de frustraciones y anhelos. No era solo un debate; era un enfrentamiento entre teoría y vida. Armich sintió que la garganta se le apretaba, como si el caso, sin ser suyo, le exigiera una respuesta. Se puso de pie, lento, con la atención encima.
“La justicia no debería ser solo castigo; debe ser protección, redención y aprendizaje.”
“Este caso me hace cuestionar todo lo que hemos aprendido”, dijo Armich. Su voz fue firme, pero no escondía la carga emocional. “¿De qué sirve conocer la ley si no podemos garantizar justicia? Si fallamos en ver a Elena más allá de sus actos, entonces no estamos haciendo justicia. Solo estamos perpetuando el daño”. El salón quedó en silencio. Hasta los murmullos más bajos se apagaron.
María, conmovida, lo miró fijo antes de añadir: “Tiene razón. Pero el problema no es solo el sistema, también nuestra indiferencia como sociedad. ¿Cuántos casos como el de Elena se pudieron evitar si quienes tenían el poder de ayudar hubieran hecho algo?”. Hizo una pausa breve. “Es nuestra responsabilidad como futuros abogados cambiar el sistema. No podemos permitir que esto se repita”.
Pedro, que había sostenido un tono crítico, se llevó la mano al mentón. “Lo que me inquieta es que, incluso con reformas, siempre habrá historias que se escapen de nuestro alcance. Siempre habrá errores, siempre habrá sufrimiento. Pero quizá nuestra labor marque la diferencia en al menos una vida. Y si lo logramos, entonces habrá valido la pena”. Sus palabras no sonaron a rendición, sino a una forma adulta de esperanza.
Juan, con su capacidad para estructurar lo complejo, cerró el núcleo del debate. “Lo que hemos discutido hoy no tiene una respuesta fácil. Pero eso es precisamente lo que significa ser abogados: enfrentarnos a la complejidad de la humanidad y buscar la verdad, incluso cuando duele. Ser abogados no es solo aplicar la ley; es perseguir justicia en un mundo que se resiste”.
Ana levantó la mirada, serena. “Y también se trata de convivir con nuestras limitaciones. No siempre podremos salvar a todos, pero eso no significa que debamos dejar de intentarlo. Cada caso como el de Elena es una oportunidad para hacer algo mejor, para cambiar las reglas, aunque sea un poco”. La frase se asentó en la sala como un juramento silencioso.
Cristian, que había estado mirando por la ventana, giró hacia el grupo y habló con una sonrisa melancólica. “Quizá ser abogado es como ser un arquitecto en un mundo en ruinas. Nos toca construir en medio del desastre, sabiendo que todo puede derrumbarse de nuevo, pero creyendo que esta vez será diferente”. Nadie se rió. El comentario, por primera vez, no era un chiste.
Las miradas se cruzaron, buscando respuestas que no estaban allí. Al recoger sus cosas, Sofía se volvió hacia Armich. “¿Crees que Elena tendrá una segunda oportunidad?”. Armich tardó un segundo. “No lo sé”, respondió, sombrío. “Pero sé que, si no hacemos algo, habrá muchas más Elenas que no la tendrán”.
La conversación quedó suspendida mientras salían. Las últimas luces del atardecer iluminaban el pasillo, pero para ellos el día apenas comenzaba. Las preguntas no desaparecían; se quedaban, insistentes, como una deuda. Armich se detuvo un instante y miró el cielo que se oscurecía. Se sentía pesado, sí, pero también decidido. Este caso era un reflejo del futuro que lo esperaba.
Entonces, como si el edificio quisiera subrayar el momento, el timbre resonó anunciando la siguiente clase. Aun así, ninguno se movió con prisa. En la esquina del pasillo, el profesor Rivas observaba al grupo con una leve sonrisa. Para él, esas dudas y pasiones eran algo más que ruido: eran señal de que la esperanza todavía respiraba dentro del sistema.
Preguntas para estudiantes
- ¿Hasta qué punto el contexto de un caso puede cambiar la aplicación de la justicia?
- ¿Cómo puede un abogado balancear la empatía con la objetividad en casos de violencia intrafamiliar?
- ¿Qué reformas podrían garantizar que las víctimas de abuso sean atendidas antes de llegar a una situación límite?
- ¿Es posible reconfigurar el sistema judicial para que contemple más soluciones restaurativas que punitivas?
- ¿Qué papel juegan los abogados jóvenes en transformar un sistema que a menudo parece resistirse al cambio?
