Capítulo 11 — Sabor agridulce

El Defensor Incansable

Sabor agridulce

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

El cielo de Lima se teñía de naranja mientras el sol se hundía detrás de los edificios. Armich caminaba sin prisa, con la cabeza llena de ideas que chocaban entre sí. Lo ocurrido en la biblioteca le había dejado un hueco difícil de explicar. La justicia, se repetía, no siempre es nítida, y a veces las decisiones necesarias dejan cicatrices. En su mente insistía una obsesión: construir un sistema que no dependiera de caprichos ni favores, sino de reglas que respetaran la dignidad de todos.

De pronto, el estómago le rugió con una queja simple, casi infantil. Se dio cuenta de que no había comido en todo el día. Cambió de rumbo hacia un restaurante cerca de la universidad, famoso por su ambiente cálido y la comida casera. Lo atendían Luis Angelo y su esposa, Gladys, una pareja que hablaba poco de esfuerzo, pero lo demostraba en cada detalle. A Armich le gustaba ese lugar porque el ruido era amable y la gente parecía reconocerse sin preguntas.

Un refugio de casa

Apenas abrió la puerta, el aroma de especias y carne cocinada lentamente lo envolvió. El calor interior le devolvió algo de calma, un contraste bienvenido frente a la brisa fría de la noche. Luis Angelo, de mediana edad y con canas asomando en el cabello, lo recibió con una sonrisa franca, como si Armich fuera un cliente antiguo aunque no lo fuera.

“¡Bienvenido, amigo!”, dijo Luis con una voz grave y amistosa. “¿Qué te parece si te sirvo la especialidad de la casa? Te aseguro que te hará olvidar cualquier preocupación”. Armich sonrió, agradecido por esa calidez que no exigía explicaciones, y aceptó sin pensarlo demasiado.

Mientras esperaba, observó el local con atención. Las paredes estaban adornadas con fotos de platos bien presentados y cartas de clientes agradecidos. Sandy y Laura, las hijas de Luis y Gladys, se movían entre las mesas con eficiencia y una sonrisa sostenida, construyendo un ambiente familiar que se sentía real, no actuado. Allí todo parecía tener un ritmo propio: el de la gente que trabaja para vivir, pero también para cuidar lo suyo.

“Aquí tienes tu plato”, dijo Sandy al dejar la especialidad frente a él. “Espero que lo disfrutes”. Armich le agradeció con un gesto. El primer bocado le arrancó una sonrisa inmediata: el sabor era profundo, equilibrado, sin estridencias. Por un momento, los dilemas del día se quedaron fuera, como si hubieran esperado en la vereda.

“Aquí cocinamos con el corazón, amigo”.

“Esto es increíble, Luis”, comentó Armich, cuidando de no hablar con la boca llena. “Es un verdadero regalo para el paladar”. Luis asintió con orgullo desde el mostrador. “Cocinamos con el corazón”, respondió. “Y ojalá más gente lo descubra”. La frase fue simple, pero tenía el peso de una vida entera repetida en la cocina.

La puerta que cambia el aire

La tranquilidad duró poco. De pronto, la puerta se abrió bruscamente y entró un joven de apariencia descuidada, respirando con dificultad. Los ojos inyectados de sangre y el temblor de las manos eran señales demasiado claras. Sin previo aviso, levantó un arma y, con una voz rota por la desesperación, gritó: “¡Nadie se mueva! ¡Denme todo lo que tengan!”.

El aire se volvió denso. El restaurante, que hacía un minuto era refugio, se transformó en un escenario de terror. Los clientes quedaron inmóviles, como si el cuerpo entendiera antes que la mente el peligro. Luis Angelo se puso de pie. No lo hizo con impulsividad, sino con una calma tensa. Su mirada se llenó de preocupación, sobre todo al ver a Gladys y a sus hijas.

“Tranquilo, muchacho”, dijo Luis, levantando las manos lentamente. “No queremos problemas. Toma las ganancias del día. Pero, por favor, no lastimes a nadie”. Era una súplica envuelta en dignidad. Sin embargo, el joven no parecía escuchar. La desesperación le ganaba a cualquier razonamiento.

Sin aviso, levantó el arma y golpeó a Luis en la cabeza. La herida se abrió de inmediato. La sangre empezó a caer, lenta, manchando el suelo. El silencio posterior fue peor que el grito. Gladys salió corriendo desde la cocina con el rostro descompuesto. Sandy y Laura la siguieron, aterradas al ver a su padre herido. Luis cayó de rodillas. Gladys lo sostuvo con manos temblorosas, intentando detener la sangre.

Armich se levanta

Hasta entonces, Armich había sido observador, como si el cerebro todavía buscara entender que aquello era real. De pronto, una oleada de adrenalina le recorrió el cuerpo. No podía quedarse quieto. Se levantó de golpe y avanzó con una determinación que, por dentro, le temblaba. “¡Basta!”, exclamó con una voz firme que resonó en el restaurante. “No vas a lastimar a más personas inocentes”.

El joven giró hacia él con el arma aún en la mano. Sus ojos estaban llenos de ira y confusión. “¿Quién demonios te crees que eres?”, gruñó, apuntándolo. Armich no retrocedió, aunque sintió el impulso animal de hacerlo. “Soy alguien que no va a dejarte seguir haciendo daño”, dijo, dando un paso medido. “Hay una salida de esta locura”.

Por un instante, pareció que las palabras alcanzaban al intruso. Titubeó, como si una parte mínima quisiera escapar. Pero la desesperación se impuso. Se lanzó hacia Armich, lo empujó y lo hizo caer al suelo. En el caos, agarró a Sandy y a Laura y las colocó delante de él como escudos. Levantó el arma y les apuntó a la cabeza.

El tiempo se volvió espeso. Los clientes miraban sin respirar. Gladys, con lágrimas en los ojos, parecía querer decir algo, pero la voz no le salía. Luis, herido, intentó incorporarse. Cada movimiento le costaba. Aun así, el instinto de padre pudo más que el dolor.

El disparo

Luis se arrastró hacia el mostrador. Con una reserva de fuerza que no parecía humana, sacó una escopeta que guardaba para emergencias. Lo hizo con manos temblorosas, pero con una claridad brutal en la mirada. “¡Déjalas ir!”, gritó, la voz quebrada por la sangre y la furia. El intruso apenas tuvo tiempo de volverse.

El disparo retumbó en todo el restaurante. El eco fue ensordecedor. Durante unos segundos, el mundo quedó suspendido en un silencio sepulcral. El cuerpo del delincuente cayó al suelo, inmóvil. Sandy y Laura se soltaron de golpe, como si despertaran de una pesadilla. Gladys corrió hacia Luis con sus hijas, abrazándolo. Luis temblaba, en shock. Repetía una y otra vez, con la voz rota: “No quería hacerlo… no quería… pero tenía que protegerlas”.

Armich se incorporó lentamente. Le dolía el cuerpo por la caída, pero el dolor era lo de menos. Se acercó a Luis y puso una mano firme sobre su hombro. Lo miró a los ojos, sin juicio, solo con presencia. “Lo hiciste por tu familia”, dijo en un tono suave, pero cargado de convicción. “Fue defensa propia. Nadie debería juzgarte por proteger a los tuyos”.

“No quería… pero tenía que protegerlas”.

Los clientes comenzaron a moverse, como si el cuerpo recuperara la capacidad de obedecer. Algunos ya llamaban a la policía. Otros lloraban sin disimulo. El ambiente se llenó de tristeza y alivio a la vez. La fragilidad de la vida había quedado expuesta en cuestión de segundos, y todos, incluidos Luis y su familia, entendieron que esa noche no se borraría con facilidad.

Cuando el caos empezó a ceder, Armich miró a Luis, a Gladys, a Sandy y a Laura. En su mente se formó una promesa silenciosa: la justicia tenía que prevalecer. No bastaba con sobrevivir. Había que ser reconocido, entendido, defendido. Armich se quedó allí, sin necesidad de decirlo en voz alta, con la certeza de que estaría a su lado para que la valentía de Luis no fuera convertida en culpa.

Preguntas para reflexión

  1. ¿En qué circunstancias se justifica el uso de la fuerza letal en defensa propia?
  2. ¿Cómo se puede aplicar la proporcionalidad en situaciones donde la vida de terceros está en peligro?
  3. ¿Qué elementos debe evaluar el sistema judicial para determinar si la acción de Luis fue legítima defensa o un uso excesivo de la fuerza?
  4. Luis actuó para salvar a su familia, pero enfrentará un proceso judicial. ¿Qué aspectos debería considerar el sistema legal al evaluar su caso?
  5. ¿Qué pruebas y testimonios podrían ser esenciales para demostrar que Luis actuó bajo legítima defensa?
  6. ¿Qué diferencia hay entre una reacción inmediata por protección y una acción premeditada, y cómo afecta eso al veredicto?
  7. La intervención de Armich fue moralmente valiente. ¿Qué papel puede jugar un abogado como defensor de derechos en una situación que involucra a civiles armados?
  8. ¿Cómo puede un abogado defender el derecho a la legítima defensa en un caso que involucra violencia y civiles en riesgo?
  9. ¿Debería un abogado limitarse a la defensa legal de su cliente o también involucrarse en mediación o negociación en situaciones de crisis?
  10. El conflicto interno de Luis plantea un dilema moral. ¿Cómo debería la ley tratar casos donde emociones intensas influyen en la decisión?
  11. ¿Qué implicancias emocionales y psicológicas deben considerarse en casos de defensa propia, y cómo puede el derecho ser flexible ante estos factores?
  12. ¿Qué rol puede jugar la psicología forense en la evaluación del comportamiento de Luis en un juicio?
  13. Como estudiante de derecho, ¿cómo podría Armich prepararse para enfrentar situaciones donde moralidad y ley entran en conflicto?
  14. ¿Qué herramientas puede utilizar un abogado para defender los derechos de sus clientes cuando la justicia no es clara?
  15. ¿Cómo debe un abogado manejar situaciones donde principios éticos chocan con necesidades inmediatas de sus clientes?

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