Capítulo 09 —En la sombra de los libros: Tensiones y determinación

El Defensor Incansable

En la sombra de los libros: Tensiones y determinación

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

En ese preciso instante, Sofía levantó el celular otra vez. Le temblaban ligeramente las manos, pero logró acomodar la respiración como si se tratara de un examen oral. Marcó el número de su padre, Alejandro Delgado, el hombre que solía tener respuestas para todo. Esta vez, sin embargo, la distancia entre ambos no era geográfica; era una grieta nueva, hecha de silencios y de una verdad que no terminaba de asentarse.

“Papá, en una hora tomaré una decisión y te llamaré”, declaró Sofía con una determinación que buscaba sostenerla por dentro. Se enderezó como si alguien la estuviera mirando, aunque estaba sola. La voz le salió firme, pero los ojos delataban miedo y confusión. Alejandro entendió que la llamada no era solo sobre la biblioteca; era una prueba de madurez. Quería ver si su hija podía separar afectos de la lógica fría del negocio familiar.

“Espero tu llamada, Sofía”, respondió Alejandro sin perder la compostura. En su tono había anticipación y cálculo. Para él, el desafío era claro: Sofía debía demostrar si era capaz de dejar de lado la compasión cuando el tablero exigía dureza. No lo dijo así, pero Sofía lo escuchó igual.

La sala que ya no era refugio

Sofía guardó el celular en el bolsillo y volvió a la biblioteca. Allí la esperaba un escenario cargado de tensión emocional. La señora Rodríguez seguía llorando; las lágrimas le bajaban por las mejillas con una tristeza que parecía no tener fondo. En otro extremo, Armich y Cristian discutían con intensidad, con frases cortadas por la urgencia y la impotencia. La atmósfera era opresiva, como si todos estuvieran atrapados en una burbuja de incertidumbre que no dejaba respirar.

Al verla entrar, la señora Rodríguez la buscó con la mirada. En esos ojos había expectativa, miedo, y una esperanza que se sostenía con alfileres. Las manos de la mujer se retorcían nerviosamente. El temblor en el labio inferior decía lo que ella aún no se atrevía a admitir: no sabía qué haría al día siguiente.

“Sofía, ¿se ha resuelto todo?”, preguntó la señora Rodríguez con la voz rota. “¿Recuperaremos nuestros trabajos?”. La pregunta cayó en la sala como un objeto pesado. Armich y Cristian interrumpieron la discusión. Los tres miraron a Sofía con el mismo nerviosismo, aunque por razones distintas.

Sofía sintió el peso de esa frase como un juicio anticipado. Inspiró profundo y eligió hablar con la franqueza que había aprendido en casa, esa manera de ir al centro sin pedir permiso. En su memoria resonaban palabras recientes, como una sentencia: a veces los intereses individuales debían ceder ante el bienestar general. La idea la incomodaba. Y aun así, allí estaba, empujándola.

La pregunta incómoda

“Señora Rodríguez”, empezó Sofía, firme pero con un matiz de empatía que no quiso perder, “entiendo lo que ha pasado, pero necesito que me explique algo. ¿Por qué la gestión de la biblioteca ha dado tan pocos resultados?”. La pregunta sorprendió a todos. También a la señora Rodríguez, que no esperaba un cuestionamiento en ese momento. Pero, aun confundida, respondió con sinceridad, como quien ya no tiene nada que adornar.

“Ha habido muchos desafíos”, dijo con la voz temblorosa. Explicó que la mayoría del personal era mayor, con responsabilidades familiares. La distribución de turnos se volvió un problema constante. “La biblioteca solo puede abrir quince horas diarias. Los directivos quieren abrir las veinticuatro”, continuó, “pero no contrataron más personal y nos exigían cubrir los turnos. Era imposible”. Al decirlo, no parecía pedir lástima. Sonaba más bien como alguien que enumera una evidencia que nadie quiso mirar.

La explicación cayó como una nube pesada. La injusticia no se limitaba a los despidos; estaba también en las expectativas irreales y en esa forma de exigir sin sostener. Sofía empezó a entender el panorama con otro contorno. Recordó, con un malestar que no se confesó, cómo su padre hablaba de sacrificios necesarios para mantener la eficiencia. La frase, en la biblioteca, se veía distinta.

Armich levantó la mirada y dijo lo que muchos pensaban. “Entiendo que los directivos quieran eficiencia, pero despedir a todos no es la solución”, afirmó. “Si la biblioteca debe abrir veinticuatro horas, tienen que contratar más personal o pagar compensaciones justas a quienes trabajen de noche”. En su tono había firmeza, y también un cansancio que venía de discutir siempre lo obvio.

Una respuesta que se parte en dos

Cristian no aguantó más la tensión. “Sofía, ¿qué te dijo tu padre?”, preguntó con urgencia. El rostro le mezclaba ansiedad y esperanza. “¿Pueden mantener sus trabajos?”. La palabra “trabajos” se escuchó demasiado concreta. No era teoría. Era comida, alquiler, salud, vida.

Sofía suspiró, midiendo las expectativas que caían sobre ella como manos. “Sí, es posible”, respondió con convicción. Por un instante el aire pareció aligerarse. La señora Rodríguez se llevó una mano al rostro y empezó a llorar, esta vez con alivio. “Gracias”, dijo entre lágrimas. “No sabes lo que esto significa para mí y mi familia”. Su sonrisa intentó romper el dolor de las últimas horas.

Pero Sofía levantó una mano, y ese gesto bastó para enfriar el ambiente. “Pero solo usted, señora Rodríguez”, añadió con voz solemne. La esperanza, recién nacida, se deshizo en la misma sala. La sonrisa de la señora Rodríguez desapareció. En su rostro apareció confusión, y luego una culpa inmediata, como si el alivio fuese una traición.

La alegría duró lo que tarda una palabra en cambiarlo todo.

El choque frontal

Armich fue el primero en hablar. “¿Solo ella?”, preguntó con incredulidad. La frustración se le notaba en la mandíbula. “Más de quince personas perderán su empleo, y solo lograste que una se quede. ¿Cómo es posible?”. La decepción le dio filo a la voz. No era un ataque personal, pero sonó como si lo fuera.

Sofía sintió el calor de esas palabras en la piel. Se le apretaron los puños. La indignación y el orgullo se agitaron en su interior con la violencia de lo que no se reconoce. “Dices que solo salvé a una persona, pero ¿qué has logrado tú?”, replicó, cortante. “Esto no es ideal. Los directivos tienen una visión: quieren eficiencia. La falta de acuerdo del personal llevó a esto. Estoy tratando de salvar lo que puedo. ¿Dónde están tus soluciones?”.

La sala quedó en un mutismo tenso. La señora Rodríguez, aunque aliviada por la posibilidad de conservar su trabajo, no podía ignorar el destino de sus compañeros. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora tenían otro color: la culpa mezclada con el miedo.

Cristian se pasó las manos por el cabello. Miró a Armich como si le hiciera una pregunta sin palabras: ¿cómo salimos de esto? La desesperación se le notaba en la forma de respirar, en la forma de sostener la mirada.

Una salida que exige trabajo

Después de un silencio largo, Armich habló con un tono más calmado, sin perder la firmeza. “Si lo que buscan es eficiencia, tiene que haber una forma de mantener la biblioteca abierta sin sacrificar los empleos de todos”, dijo. Propuso reorganizar turnos, plantear contratación parcial para cubrir noches, incluso diseñar una transición gradual. “Despedir a todos no es la respuesta. Hay que encontrar un equilibrio”.

Cristian asintió. Volvió a aparecer esa determinación que a veces se le escondía detrás de la ansiedad. “Debemos proponer algo que beneficie a estudiantes y empleados”, insistió. “Sofía, Armich… tenemos que trabajar juntos. No podemos dejar que termine así”.

Los tres se miraron. En ese cruce de miradas había más que un acuerdo: había un entendimiento incómodo. Lo que estaba en juego iba más allá de los empleos de una biblioteca. La forma en que manejaran el conflicto marcaría un precedente para el futuro de la universidad. Y, sin que lo dijeran, también definiría qué clase de abogados querían ser cuando dejara de ser una discusión de estudiantes.

La tensión emocional no desapareció. Pero ahora estaba acompañada por otra sensación, más difícil y más útil: la determinación de no soltar el problema hasta encontrar una salida que no fuera una victoria para pocos. El siguiente paso, lo sabían, iba a definir no solo el destino de la biblioteca, sino la dirección de sus propias vidas.

Preguntas de reflexión

  1. En situaciones de despido colectivo como la que enfrentan los personajes, ¿qué derechos laborales suelen estar en juego cuando la decisión se toma sin transparencia y sin alternativas?
  2. ¿Qué mecanismos podrían haberse activado para proteger a los trabajadores y evitar una salida masiva, sin paralizar por completo el funcionamiento de la institución?
  3. En términos éticos, ¿es justo priorizar la “eficiencia” de una organización por encima de la estabilidad laboral de quienes sostienen su funcionamiento diario?
  4. ¿Hasta qué punto es posible buscar un equilibrio real entre ampliar el servicio (por ejemplo, horarios extendidos) y proteger empleos sin precarizar condiciones?
  5. El conflicto entre Sofía y Armich plantea un dilema: ¿cómo deberían actuar futuros abogados cuando sus ideales chocan con decisiones presentadas como “necesarias”?
  6. ¿Es posible un compromiso entre eficiencia institucional y justicia laboral? ¿Qué condiciones mínimas tendría que cumplir para no ser solo un discurso?
  7. Sofía logra salvar un puesto, pero deja a otros fuera. ¿Cómo se evalúa esa decisión desde una perspectiva ética y de responsabilidad colectiva?
  8. ¿Qué alternativas podrían explorarse para evitar un resultado injusto para la mayoría sin sacrificar la viabilidad del cambio institucional?
  9. ¿Cómo se ejerce un liderazgo ético cuando hay metas institucionales y, al mismo tiempo, derechos y vidas concretas en juego?
  10. Si fueras directivo, ¿qué estrategias habrías implementado antes de llegar a un despido masivo, para evitar el conflicto y proteger la calidad del servicio?

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