Capítulo 08 — En la sombra de los libros: La llamada que rompió una certeza

El Defensor Incansable

En la sombra de los libros: La llamada que rompió una certeza

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

Con Sofía decidida a actuar por su cuenta, Armich y Cristian permanecieron en la biblioteca, envueltos en una incomodidad compartida. La urgencia del momento era evidente, y también la firmeza de Sofía al buscar una salida rápida. Sin embargo, a ellos les perseguía una idea difícil de callar: lo inmediato podía ser eficaz, sí, pero también podía traer efectos que nadie estaba midiendo. El Derecho, pensó Armich, no siempre premia la velocidad; a veces castiga la prisa.

Cristian rompió el silencio cuando este empezó a volverse opresivo. “¿Crees que Sofía está tomando el camino correcto?”, preguntó con cautela. No lo dijo para acusarla: lo dijo como quien necesita apoyarse en una respuesta para no perder el equilibrio.

Armich lo miró de reojo, sintiendo el peso de la pregunta. No había una salida limpia. Sofía quería resolverlo de forma directa, y el objetivo era justo. El método, en cambio, lo inquietaba. “No lo sé, Cristian”, respondió con un suspiro. “A veces lo correcto no es lo más rápido. Pero tampoco podemos ignorar la urgencia. El problema es si, por buscar soluciones inmediatas, terminamos comprometiendo lo que decimos defender”.

Volvieron al silencio. La biblioteca, que solía ser un refugio de concentración, parecía envuelta en una atmósfera rara. Hasta el murmullo de los estudiantes tenía otra textura: menos curiosidad, más temor. En algún punto del edificio, una puerta cerró con un golpe seco, y ese ruido mínimo se sintió como un aviso.

Sofía sale al paso

Mientras tanto, Sofía avanzaba fuera de la biblioteca a grandes zancadas, con el teléfono firme en la mano. La respiración le salía rápida, entrecortada, empujada por nervios y determinación a la vez. Una idea dominaba su cabeza con la insistencia de lo obvio: su padre podía arreglarlo. Había crecido viéndolo resolver asuntos complejos sin despeinarse; para ella, intervenir no era un privilegio, era casi una costumbre familiar.

Marcó el número de Alejandro Delgado y esperó. Sabía que, si alguien podía mover una pieza en ese tablero, era él. Alejandro, abogado exitoso e influyente político, había construido una imagen pública imponente. Para Sofía era, además, un modelo: la prueba de que se podía caminar entre poder y moral sin perderse. Confiaba en esa versión de su padre con una tranquilidad que no se cuestionaba.

El teléfono sonó varias veces. En la última, la llamada finalmente entró. La voz de Alejandro apareció firme y controlada, como si ya estuviera ordenando información mientras escuchaba. “¿Qué ha sucedido, Sofía?”, preguntó con un tono que dejaba entrever su capacidad para captar la gravedad antes incluso de que ella hablara.

Sofía tomó aire profundo, intentando ponerle orden al caos. “Papá, ha pasado algo terriblemente injusto. Han despedido a la señora Rodríguez, la bibliotecaria. Sin explicaciones claras, solo una decisión fría y arbitraria. Es inhumano”, dijo. Quiso sonar serena, pero la voz le tembló apenas, traicionando el conflicto interno. “No puedo permitir que esto siga. Necesito que intervengas”.

La pausa

Del otro lado no respondió nadie, al menos por unos segundos. Esa pausa, tan larga para una conversación urgente, hizo que el pecho de Sofía se comprimiera. Había esperado una reacción inmediata, una orden, un plan. En lugar de eso, encontró silencio. Por primera vez, la confianza automática se le movió un milímetro.

Finalmente Alejandro habló, con un tono más grave y deliberado. “Sofía, cariño, entiendo tu frustración, pero necesito que escuches lo que voy a decirte. No será fácil”. Se detuvo apenas, como si midiera el golpe que estaba por dar. “Yo formo parte del nuevo Consejo Universitario que tomó la decisión de despedir al personal de la biblioteca”.

La revelación cayó con un peso físico. Por un instante, el mundo pareció detenerse y la calle se volvió un decorado sin sonido. Sofía abrió la boca, pero no le salió nada coherente. “¿Qué?”, alcanzó a decir. Un nudo se le formó en la garganta. “No… no puede ser, papá. Tú… tú no harías algo así”.

La certeza no se rompió de golpe. Se astilló por dentro, como vidrio que todavía parece entero.

“No es personal”

El desconcierto se volvió confusión, y la confusión empezó a mezclarse con rabia. Sofía sintió la piel erizarse. ¿Cómo podía su padre, el hombre que ella asociaba con justicia, ser parte de una decisión tan fría? Alejandro respiró al otro lado de la línea, como quien se prepara para sostener una versión difícil. “Escucha, Sofía. No fue una decisión fácil”, dijo. “Hay razones complejas detrás. La universidad atraviesa un proceso de reestructuración y modernización. A veces se deben tomar decisiones difíciles para garantizar el futuro. No es personal”.

La frase “no es personal” le sonó a excusa. Para la señora Rodríguez, para los despedidos, para los estudiantes, era lo más personal posible. “¿No es personal?”, replicó Sofía, elevando la voz. La incredulidad le raspaba la garganta. “¿Cómo puedes decir eso? Esa mujer ha dedicado su vida a esta universidad y ahora, con un papel, la dejan sin nada. ¿Cómo pudiste ser parte de esto?”.

Alejandro guardó la calma, pero su tono se endureció. Sabía que cualquier intento de suavizar podía empeorar la discusión. También sabía que no podía retroceder. “Sofía, sé que es difícil de aceptar”, dijo, ahora más suave, buscando una grieta. “Como abogado y como líder no siempre podrás hacer lo que deseas. A veces tendrás que elegir entre dos males. En este caso, la reestructuración era necesaria. Hay momentos en los que el bienestar general debe prevalecer sobre preocupaciones individuales”.

El choque

Las lágrimas brotaron sin pedir permiso. Sofía se sintió traicionada, no solo como hija, también como futura abogada. El hombre que había idealizado le hablaba con una lógica impersonal que sonaba ajena a los valores que él mismo decía enseñar. “¿El bienestar general?”, dijo, y la voz se le quebró. “¿Cómo hablas de bienestar cuando sacrificas a personas que han sostenido la universidad con su trabajo? ¿Eso es lo que quieres que aprenda? ¿Que la justicia se puede dejar de lado si conviene a la institución?”.

En Alejandro hubo un silencio breve, más corto que el anterior, pero suficiente para mostrar una vacilación humana. Luego volvió a afirmarse. “No es tan simple, Sofía”, insistió, esta vez más firme. “Entiendo tu idealismo, pero cuando estés en mi posición verás que la justicia no siempre es clara. Habrá decisiones que no gustarán a todos. Eso también es parte de ser abogado, de ser líder”.

Sofía apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sentía que el suelo se le abría bajo los pies. El padre que admiraba empezaba a parecerle un extraño. “Me estás diciendo que, como futura abogada, tengo que estar dispuesta a sacrificar personas. A ignorar sus derechos por un supuesto bien mayor”, dijo, y la frase le dolió al salir. “Eso no es lo que me enseñaste. Eso no es justicia”.

La promesa limitada

Alejandro hizo una pausa. Su voz bajó un grado, como si buscara recuperar el vínculo sin ceder el argumento. “Sofía, a veces no hay una solución perfecta. Tienes que aprender a vivir con esa incertidumbre, con ese conflicto interno”, dijo. “Haré todo lo que pueda para que la señora Rodríguez recupere su trabajo. Pero respecto a los otros empleados, no puedo prometer nada. La universidad tiene necesidades que debemos priorizar”.

La promesa parcial no la alivió; la inquietó más. Era como ofrecer agua a quien se está ahogando, pero solo hasta la mitad. Sofía se quedó en silencio, con las lágrimas cayendo sin resistencia. Lo que sabía de su padre ya no encajaba con lo que estaba oyendo. La noche, de pronto, se le hizo más cercana, aunque aún no era completamente de noche.

“Papá”, dijo al fin, con un hilo de voz. “Me has decepcionado. No sé cómo puedo confiar en ti después de esto”. El silencio de Alejandro se llenó de peso. Cuando respondió, sonó cansado, como si también hubiera perdido algo. “Lo siento, Sofía”, murmuró. “Pero algún día entenderás por qué tomé esta decisión”.

Sofía colgó sin decir más. Le temblaban las manos. Se quedó de pie en la penumbra, sintiendo que una parte de su vida acababa de quebrarse. La figura protectora que ella conocía no había desaparecido del todo, pero estaba atravesada por una verdad incómoda: el poder también justificaba. El poder también elegía. Y esas elecciones no siempre tenían rostro humano.

No era solo una decisión universitaria. Era una grieta nueva en el lugar donde Sofía guardaba su confianza.

Preguntas para reflexión

  1. ¿Cómo se justifica, en el plano legal y moral, el despido de trabajadores en aras de la “eficiencia institucional”?
  2. ¿Deberían las instituciones educativas priorizar resultados por encima de los derechos laborales de sus empleados?
  3. ¿Es aceptable que, en algunos casos, el bienestar general de una institución prevalezca sobre los derechos individuales de los trabajadores?
  4. ¿Cómo pueden los futuros abogados manejar tensiones entre expectativas familiares y valores éticos adquiridos en su formación profesional?
  5. ¿Es posible encontrar un equilibrio ético cuando poder y justicia parecen estar en desacuerdo?

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