Capítulo 06 — Equilibrio entre la Razón y la Emoción

El Defensor Incansable

Equilibrio entre la Razón y la Emoción

Michael Lincold Trujillo Pajuelo — 2026-02-02

Armich entró en el aula con la mente dividida entre la razón y la emoción. Su mirada recorrió el salón hasta encontrar a Cristian Rodríguez, un joven de aspecto amigable y sonrisa constante, cuya presencia se había vuelto un alivio en medio de tantas dudas. Se habían conocido hacía poco, pero la camaradería era evidente desde el inicio; había una confianza naciente que no exigía explicaciones largas.

Cristian, siempre con esa energía que parecía llegar antes que él, le devolvió el gesto al verlo entrar. Se inclinó apenas hacia adelante, como quien ya trae una broma lista, pero la guardó al notar la expresión pensativa de Armich.

“¡Armich, hermano!”, lo saludó efusivamente, dándole una palmada en el hombro. “¿Cómo va todo?”. La pregunta sonó genuina, sin el tono automático de los pasillos. En Cristian, incluso lo cotidiano parecía tener intención.

“Todo bien, gracias”, respondió Armich, tomando asiento junto a él. Dudó un segundo y, cuando habló de nuevo, la voz le salió más baja. “Aunque… últimamente he estado pensando mucho en cómo equilibrar la razón y la emoción en el Derecho. Es un tema que me tiene inquieto”.

Cristian asintió, comprendiendo la preocupación de su amigo. Él mismo, nacido y criado en un barrio humilde, había entrado a la Facultad con el deseo de hacer una diferencia real. Conocía la injusticia de cerca: no como concepto de libro, sino como escena repetida. Por eso sabía que las emociones no se apagaban con un código; se administraban, se encauzaban o estallaban.

“Te entiendo, Armich”, dijo con una mirada sincera. “No te preocupes. Entre los dos encontraremos una manera de manejarlo”. Sonrió, suave, como quien ofrece un apoyo sin prometer milagros. “¿Qué caso estás analizando ahora?”.

La llegada de Sofía

Antes de que Armich pudiera responder, la puerta del aula se abrió y Sofía entró. Su presencia captó de inmediato la atención de todos. Alta, esbelta y con un aire de distinción propio de alguien acostumbrada a que el mundo se acomode a su paso, caminó con confianza hasta la primera fila. Postura erguida, gesto controlado, una sonrisa apenas insinuada: todo en ella decía dominio.

Armich sintió un acelerón en el corazón al verla. No era solo atracción; era una mezcla incómoda, como si Sofía le recordara aquello que él no terminaba de ordenar dentro de sí. Aunque ya habían chocado en discusiones previas, algo en su inteligencia afilada lo descolocaba. Lo obligaba a pensar más, a sentir más, a no quedarse en respuestas cómodas.

No pudiendo soportar más el silencio y el torbellino de ideas, decidió acercarse. Caminó hacia ella con una ligera intimidación, pero también con una determinación que venía de antes, de un lugar terco. Esa mañana había visto las noticias; la conversación le ardía en la garganta.

“¿Has visto las noticias, Sofía?”, preguntó, tratando de controlar el nerviosismo en la voz. No quería que sonara a provocación, aunque sabía que con ella cualquier frase podía convertirse en un duelo.

Sofía lo miró de reojo y, con un gesto de indiferencia, respondió: “No me interesan las noticias, Armich. Prefiero enfocarme en lo que realmente importa”. La frase cayó con frialdad; no era desinterés ingenuo, era elección.

Cristian, que había seguido el intercambio desde su asiento, notó la tensión y se acercó con una sonrisa conciliadora. “Pero es importante estar informados sobre lo que sucede a nuestro alrededor, ¿no crees, Sofía?”. Su tono era amable, casi fraterno, como si pudiera abrir una ventana donde Armich había chocado contra una pared.

Sofía suspiró, visiblemente irritada. A menudo detestaba que cuestionaran su enfoque pragmático. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Armich retomó la conversación con determinación, midiendo cada palabra.

“Se trata del caso de la actriz Lucía Palma”, dijo con cuidado. “Me preguntaba qué opinas al respecto”. No la miró buscando aprobación; la miró buscando una postura. Una reacción que confirmara o desmintiera la imagen que él se estaba formando.

Razón, emoción y el límite

Sofía frunció el ceño y sus ojos se endurecieron. El tema claramente no le agradaba. No por falta de interés, sino por el peso moral que arrastraba. “Ese hombre es un monstruo”, dijo con frialdad. “Debería estar en la cárcel. No necesitamos un juicio para saber que es culpable”.

El tono cortante golpeó a Armich como un balde de agua helada. Respiró hondo. No quería discutir por orgullo; quería entender, y al mismo tiempo sostener una línea que para él era más que teoría. “Entiendo el dolor que eso puede causar, Sofía”, respondió, “pero no podemos condenar a nadie sin pruebas concretas. Todos merecen un juicio justo antes de ser castigados”.

Cristian, que había permanecido en silencio, intervino con calma, cuidando no subir la temperatura del aula. “La presunción de inocencia es un derecho fundamental”, añadió, apoyando las palabras de Armich. “No podemos abandonarla, incluso en los casos más sensibles”.

Sofía se cruzó de brazos, visiblemente frustrada. El sarcasmo se le escapó como un reflejo. “Siempre defendiendo a los delincuentes, ¿verdad? Me pregunto cómo se sentirían si sus hijas fueran las víctimas”. La frase no buscaba argumentos; buscaba herir, sacudir, obligarlos a bajar del pedestal.

Armich mantuvo la mirada fija. Sintió el desafío como un empujón. Sabía que la rabia y el dolor nublaban a muchas personas, y no quería desestimar esa verdad. Pero también sabía que la justicia, si se convertía en revancha, dejaba de ser justicia. “Entendemos el sufrimiento de las víctimas, Sofía”, dijo con una mezcla de empatía y firmeza. “Pero el dolor no justifica saltarse el debido proceso. Si no confiamos en nuestro sistema, trabajemos para mejorarlo; no lo destruyamos”.

Cristian asintió, respaldándolo sin estridencias. “Si el sistema falla, lo arreglamos desde dentro, respetando siempre los derechos de todos. Solo así garantizamos justicia para las víctimas y también evitamos condenar a un inocente por presión”.

Sofía los miraba con escepticismo, como si no pudiera creer que esa fe en la forma no se hubiera quebrado todavía. “¿Y qué pasa cuando el sistema no funciona?”, preguntó con tono desafiante. “¿Qué pasa cuando las familias no obtienen la justicia que merecen? ¿Se supone que debemos sentarnos y esperar mientras los culpables siguen caminando libres?”.

“¿Qué vale más: calmar la furia del momento o sostener una justicia que resista el tiempo?”

El profesor Sessarego interviene

Antes de que Armich pudiera responder, la puerta del aula se abrió y el profesor Sessarego entró, interrumpiendo la conversación. Su presencia impuso orden sin necesidad de elevar la voz. Observó la escena, percibió el filo en el aire y dejó que el silencio hiciera su parte.

“Muy interesante lo que acabas de decir, Sofía”, comentó mientras se ajustaba los anteojos. La frase no sonó a felicitación ni a reproche; sonó a invitación. “Me recuerda un caso que analizaremos hoy: el caso de Marianne Bachmeier en Alemania, en 1981”.

La mención despertó curiosidad en la sala. Sessarego prosiguió sin prisa, como si supiera que la historia, por sí sola, haría el trabajo. “Bachmeier era madre de Anna, una niña de siete años que fue secuestrada, violada y asesinada por Klaus Grabowski. El dolor de esa madre fue indescriptible. Durante el juicio, Bachmeier entró al tribunal con un revólver y le disparó, matándolo frente a todos. Fue arrestada, pero su acto de venganza la convirtió en una especie de heroína para muchos”.

El aula quedó en silencio. No era un silencio académico; era un silencio de estómago, de garganta apretada. Sessarego continuó, ahora con una seriedad más evidente, como quien no busca shock, sino reflexión.

“Este caso plantea una cuestión central sobre el papel de la justicia y las emociones de las víctimas”, dijo. “¿Hasta qué punto podemos permitir que el dolor y la ira tomen el control de nuestros sistemas de justicia? ¿Cómo hacemos que los procesos legales sean más humanos y, a la vez, más justos para todos los involucrados?”.

Dejó la pregunta flotando en el aire. Miró a sus estudiantes con una mezcla de firmeza y compasión. Los ojos de Armich, Sofía y Cristian se encontraron por un instante. No hubo victoria en esa mirada, solo el reconocimiento de un dilema que los iba a acompañar por años.

Lo que queda después

El aula se sumió en un silencio reverente. Las palabras del profesor resonaban en la mente de los estudiantes mientras cada uno intentaba ordenar sus propias certezas. Algunos pensaban en las víctimas. Otros, en los acusados. Otros, en la sensación amarga de ver cómo el sistema falla cuando más se le necesita.

Armich sentía que su inquietud inicial no se había disipado; al contrario, se había vuelto más precisa. No se trataba de elegir entre razón y emoción como si fueran bandos. Se trataba de aprender a convivir con ambas, sin traicionar el propósito que lo había traído hasta ahí.

Cristian, por su parte, miraba al frente con una seriedad distinta a la de minutos antes. Sabía que, en su barrio, la gente a veces dejaba de creer en el proceso porque el proceso nunca llegaba. Y, aun así, intuía que renunciar a la forma era abrir la puerta a otra clase de injusticia.

Sofía mantenía el mentón alto, pero había algo más en su mirada. No era rendición. Era fricción interna. Como si la historia de Bachmeier le hubiera mostrado, sin pedir permiso, el costo de dejar que el dolor conduzca la mano.

Con determinación en sus corazones, los tres se prepararon para lo que vendría. El camino que habían elegido era complejo, y quizá siempre lo sería. Pero, al menos, ya sabían que no bastaba con “tener razón”: también había que sostenerla sin perder humanidad.

Preguntas para reflexión

  1. ¿Cómo influye la emoción en las decisiones dentro del sistema judicial? ¿Es posible encontrar un equilibrio adecuado entre la razón y la emoción?
  2. ¿Qué significa la presunción de inocencia en casos de delitos graves? ¿Por qué es importante mantener este principio a pesar de la presión social?
  3. ¿Cómo afecta el dolor de las víctimas y sus familias la percepción pública de la justicia? ¿Debe la justicia ser imparcial incluso cuando el sistema parece fallar?
  4. ¿Es justificable tomar la justicia por cuenta propia, como lo hizo Marianne Bachmeier? ¿Qué riesgos conlleva dejar que las emociones guíen acciones en estos casos?
  5. ¿Qué desafíos enfrentan los futuros abogados al intentar equilibrar las demandas emocionales de la sociedad con el cumplimiento del debido proceso?

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