
El Defensor Incansable
La justicia mediática, ¿es justicia real?
Con el corazón apretado y la mente nublada por el caos del día anterior, Armich llegó a casa tras aquella noche fatídica. Nada lograba calmar la sensación de impotencia que lo perseguía desde que vio el cuerpo inerte de José sobre el asfalto. Al abrir la puerta, encontró a sus padres esperándolo, tensos, como si el aire de la sala también estuviera a punto de quebrarse.
“¿Qué ha pasado, hijo?”, preguntó su madre. La preocupación le marcaba el rostro. Su padre se acercó un paso, observándolo con detenimiento, como buscando alguna herida a simple vista.
“¿Estás bien?”, añadió él. Armich intentó responder, pero las palabras se le quedaron clavadas en la garganta. No conseguía ordenar la secuencia de hechos: el choque, la discusión, la furia, el cuerpo en el suelo. Todo parecía una cadena de decisiones torcidas en la que la razón llegó tarde.
“Hubo… un accidente”, dijo al fin. La voz le salió baja, áspera. Bajó la mirada, incapaz de sostener el dolor que ya empezaba a reflejarse en los ojos de sus padres. En su cabeza se repetía la imagen de José, y detrás de esa imagen, una familia rota que él apenas alcanzaba a imaginar.
La pantalla encendida
La televisión seguía prendida en la sala. De pronto, el rostro de la viuda de José apareció en la pantalla. Lloraba desconsoladamente, aferrada a sus hijos. El encuadre era cruel: lágrimas, manos temblorosas, la voz quebrada de quien no sabe qué hará mañana. Armich sintió que el pecho se le hundía como si le hubieran puesto una piedra encima.
Se quedó mirando sin moverse. No recordaba cuándo se había sentado, ni en qué momento su madre le había acercado un vaso de agua. La noticia se repetía una y otra vez. Las mismas imágenes, los mismos segundos, como si el dolor necesitara insistir para volverse definitivo.
“Si tan solo hubiera hecho algo más…”, murmuró para sí. No era una frase heroica. Era un pensamiento torpe, insistente, que lo atacaba justo cuando el cansancio aflojaba la defensa. Se sentía responsable, aunque en el fondo sabía que no podía controlar la imprudencia de Carlos ni la reacción fatal de José.
El insomnio lo consumió. Cuando cerraba los ojos, veía el asfalto manchado; cuando los abría, la sala seguía ahí, demasiado quieta. Su cuerpo pedía dormir, pero la culpa no tenía sueño.
La tragedia no había terminado en la calle; solo había cambiado de lugar.
Otra noticia, la misma prisa
A la mañana siguiente, agotado, encendió la televisión buscando distraerse. Quería algo trivial, cualquier cosa que no fuera sangre ni gritos. Sin embargo, otra noticia lo golpeó con fuerza: un caso de violación, supuestamente vinculado a dos actores conocidos, había conmocionado al país.
El programa mostraba imágenes de ambos sonriendo frente a cámaras. Entre titulares, la pantalla repetía nombres, frases sueltas, una indignación hecha espectáculo. Armich sintió una incomodidad inmediata, no por el tema en sí, sino por la velocidad con que el panel ya parecía haber decidido todo.
Los medios se lanzaron con furia. Periodistas y comentaristas hablaban como si la sentencia ya estuviera escrita. En pocos minutos, uno de los implicados pasó de ser querido a convertirse en el villano perfecto. La indignación era real; el modo de narrarla, no siempre.
“¡Es un monstruo! ¡Debe ir a prisión!”, gritó uno de los comentaristas. El estudio aplaudió. Hubo un murmullo de aprobación, como si el aplauso pudiera reemplazar el proceso, como si el ruido fuera una forma de justicia.
El abogado y el “circo”
No todos cedieron al juicio popular sin matices. Un abogado defensor, Claudio Porta, apareció en pantalla para cuestionar la rapidez con la que se estaba condenando a su cliente. Su tono era firme, pero no desafiante; parecía hablarle tanto al panel como al público que lo miraba desde casa.
“Esto no es justicia. Es un circo mediático”, afirmó Porta. “Nadie tiene derecho a señalar a una persona como culpable hasta que se pruebe lo contrario en un tribunal. Todos tienen derecho a defenderse”.
La frase quedó flotando. Justicia mediática. Armich la repitió mentalmente, como si al nombrarla pudiera entenderla mejor. ¿Qué tipo de justicia era esa en la que el miedo, la indignación y el rating parecían pesar más que las pruebas? ¿Cómo se suponía que alguien tuviera un juicio justo si la opinión pública ya había dictado su veredicto?
En un programa en vivo, el debate subió de tono. Un periodista, visiblemente indignado, se le fue encima al abogado.
“¿Cómo puedes defender a alguien acusado de un crimen tan horrible? ¿No te sientes culpable por defender a un violador?”, lo confrontó, cargando la pregunta con desprecio, como si el abogado debiera pedir perdón por existir.
Porta no perdió la calma. “Mi papel no es juzgar a mi cliente. Eso le corresponde al tribunal. Mi deber es asegurar que tenga un juicio justo, como cualquier ciudadano. Si permitimos que los medios dicten sentencia, ¿para qué tenemos un sistema judicial?”.
El periodista cambió de estrategia y lo llevó al terreno personal. “Si tu novia te contara que fue violada, ¿qué harías? ¿Seguirías defendiendo al acusado?”.
Porta respiró antes de responder. “Entiendo la carga emocional de la pregunta. Si algo así ocurriera, apoyaría a mi pareja y buscaría justicia. Pero esa justicia no se logra con veredictos apresurados. El debido proceso existe precisamente para evitar que la rabia se convierta en condena sin prueba”.
“Si dejamos que el ruido decida, mañana cualquiera puede ser culpable con solo una portada”.
Entre la razón y el temblor
Las palabras del abogado resonaron en Armich con una intensidad inesperada. Sabía que había algo correcto en lo que decía, pero también entendía la otra orilla: la rabia de quienes exigen justicia cuando la herida es tan profunda que el tiempo parece una burla.
¿Cómo se sostiene la racionalidad cuando se habla de abuso? ¿Cómo se protege el derecho a la defensa sin convertir el proceso en una máquina fría que no mira a las víctimas? Armich no tenía una respuesta cómoda. Solo sabía que la comodidad era sospechosa en estos temas.
De camino a la universidad, las imágenes de los casos recientes lo acompañaban: el accidente, la muerte en la calle, la huida; y ahora el debate público convertía una denuncia en espectáculo. En ambos escenarios aparecía la misma prisa por cerrar, por castigar, por señalar. Prisa que, a veces, terminaba aplastando lo que decía defender.
“No será fácil”, se dijo. No lo dijo como consigna, sino como quien se reconoce a sí mismo en un umbral. “Si quiero ser un verdadero abogado, tendré que aprender a caminar entre la verdad y el caos que levantan las emociones”.
A medida que avanzaba por la ciudad, comprendió que estaba entrando en un campo de batalla más complejo de lo que imaginó. No solo se juzgan hechos; también se juzgan percepciones. Y, a veces, la verdad debe luchar por ser escuchada sin disfrazarse para gustar.
Armich apretó el paso. Había algo nuevo en su mirada: una conciencia amarga de que la justicia, además de leyes, necesita paciencia. Y la paciencia, en la calle y en la televisión, parecía un lujo que casi nadie quería pagar.
Preguntas para reflexión
- ¿Qué impacto tiene la justicia mediática en la percepción pública y en el derecho a un juicio justo?
- ¿Es posible mantener un proceso equilibrado cuando la opinión pública ya dictó sentencia antes del juicio?
- ¿De qué manera la reacción emocional de la sociedad puede nublar la objetividad? ¿Cómo se debe manejar el poder de los medios en este contexto?
- ¿Cómo influye este caso en la concepción de la justicia de Armich? ¿Qué aprende del conflicto entre razón y emoción?
- ¿Hasta qué punto la defensa legal de un acusado debe mantenerse firme en casos mediáticos? ¿Cómo se equilibra el derecho a la defensa con el dolor de las víctimas?
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